No se puede escribir acerca del amor. Se ha dicho todo ya. O tanto, que no se puede escribir acerca del amor.
Sin embargo, siempre volvemos a escribir. Cada vez que lo encontramos. Cada vez que se desaparece sin avisar, cada vez que se transforma.
Por que nunca se va del todo.
Siempre que se transforma el amor y sobrevive la lealtad atesoramos recuerdos, amistad, afecto un poco aséptico por la ausencia de humedades compartidas, pero igualmente tibio y suave. Esa ternura es materia amorosa que impulsa la escritura.
Siempre que se transforma el amor y el dolor sobrevive, crece en el interior un agujero, a veces oliendo a odio, a veces pudriendo el alma. El horror también exige ser escrito.
Siempre que alcanzamos la dicha del amor, lo sano gana la batalla. Estoy casi de acuerdo con que no se puede escribir algo nuevo acerca del amor, pero nada me impedirá agradecerlo, festejarlo y dejar constancia de que soy una mujer que ama en todas las formas que el amor se lo permite.
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La boca bordó
Vivimos en una época en que las personas se exhiben. Parece como si necesitaran hacerlo para lograr una confirmación de su existencia, o una manera de conseguir cierta densidad, perder la calidad volátil y efímera de lo cotidiano y por dos minutos o dos horas ganar cuerpo a partir de ser visto u oído.
Hay personas que gracias al celular, con una sola llamada consiguen tal objetivo por la vía de matar varios oídos; imponen su vida y circunstancia, no sólo a quién recibió esa llamada, sino a todos los que vamos arriba del ómnibus, por ejemplo. Cada vez son más quienes exhiben su vida por este método. Si no se cuenta con mp3, un ipod o por lo menos una radio modesta, se está obligado a oír. No tenemos una membrana que nos proteja de los ruidos molestos, o de conversaciones que desnudan la vida propia y ajena, exponiendo los terribles recodos en los que todos nos empantanamos alguna vez. Antes, esos recodos se mantenían en lo privado, no se los aireaba con displicencia o peor aún, con fruición y a voz en cuello.
Hay personas que gracias al celular, con una sola llamada consiguen tal objetivo por la vía de matar varios oídos; imponen su vida y circunstancia, no sólo a quién recibió esa llamada, sino a todos los que vamos arriba del ómnibus, por ejemplo. Cada vez son más quienes exhiben su vida por este método. Si no se cuenta con mp3, un ipod o por lo menos una radio modesta, se está obligado a oír. No tenemos una membrana que nos proteja de los ruidos molestos, o de conversaciones que desnudan la vida propia y ajena, exponiendo los terribles recodos en los que todos nos empantanamos alguna vez. Antes, esos recodos se mantenían en lo privado, no se los aireaba con displicencia o peor aún, con fruición y a voz en cuello.
texto completo
La mujer nunca pensó demasiado en el asunto hasta aquella tarde en el zoológico cuando escuchó a la señora. No es que alguien le hubiera preguntado algo, ni que estuviera con algún conocido, simplemente la señora contaba su vida a quien quisiera oírla. Y lo que tenía para contar era terrible.
La señora había depositado a sus dos nietos en el espacio para juegos del zoo y allí esperaba como una araña, agazapada en la esquina del único banco con sombra de toda la plazuela. Cada tanto alguien cometía el error de sentarse allí a vigilar sus niños. Entonces, la señora-araña se inclinaba hacia delante o al costado según correspondiera y le descerrajaba al oyente de turno la historia de su cáncer y el sacrificio que hubo de hacer para llegar hasta allí con sus nietos, manejando el auto con mucho cuidado para no tener un accidente pues estaba recién operada y “en quimio”. En general las personas sonreían amablemente al principio, y luego, a medida de que los detalles se iban haciendo más sangrientos o patéticos, iban abandonando la sombra, de a poco, hasta que dejaban la sonrisa en algún lugar del banco y huían a la cálida y hospitalaria luz, a ejercitar la habilidad de sobrevivir al sol de media tarde en este enero cálido, en serio cálido.
Todo esto era percibido por la mujer que ahora reflexionaba sobre el asunto, con la tranquilidad que provenía de no ser candidata a oyente pues estaba acompañada y por lo tanto no estaba al alcance de la telaraña que había tendido la señora en aquel banco bajo la reparadora sombra del único árbol que seguía firme, peleando por su espacio contra la arena de los toboganes y el metal de las hamacas.
De pronto, alguien se mostró cortésmente receptivo por más tiempo de lo acostumbrado. Ahora vendrá la calma, pensó la mujer mientras admiraba a la persona que estaba siendo bombardeada sin misericordia alguna por la doliente abuela cancerosa (¿cancerígena?) porque de esa manera, supuso, gracias al bondadoso acto de oír que estaba ejecutando la nueva víctima, la abuela-araña quedaría satisfecha.
Pero las cosas no son así. La vida no es así. El amable-oyente resultó ser el morboso-oyente, así que aquel par dialéctico quedó como soldado a la autógena, y la que necesitaba exponerse encontró quien le diera pie para avanzar en aquella enumeración de situaciones que iban de lo vulgarmente complicado a lo más terrible que le puede pasar a alguien; fueron recorriendo el camino despaciosamente, disfrutando cada pregunta y cada respuesta, agregando conmiseración por parte del morbo-oyente para vencer cierta reticencia en contar alguna cosa particularmente lamentable de la aún sobreviviente —recurso que se mostró exitoso cada vez—; agregando más amargura por la vía de contar las experiencias de otros y así confirmar lo que sin dudas era un porvenir de torturada expectativa, de estudio en estudio, de análisis en análisis hasta que, todavía la mujer no sabe bien cómo sucedió, la abuela cancerígena se paró para poder brindar una mejor perspectiva al oyente morboso y sin mediar ningún aviso con una mano bajó la cintura de su pantalón hasta la ingle y con la otra subió la blusa hasta el seno y las carnes blancas y costuradas, cicatrizadas, fruncidas como acordeón flácido, bordó como la boca apretada de una negativa, aparecieron a la vista de todos.
La mujer piensa ahora que bien podría la araña haber hecho alguna señal, o haber hecho algún sonido anticipatorio que permitiera elegir ver o no ver. Una señal como la del fin del horario de protección al menor en la tele, algo que le hubiera permitido ahorrarse la imagen que desde ese momento no puede quitarse de la cabeza.
La señora había depositado a sus dos nietos en el espacio para juegos del zoo y allí esperaba como una araña, agazapada en la esquina del único banco con sombra de toda la plazuela. Cada tanto alguien cometía el error de sentarse allí a vigilar sus niños. Entonces, la señora-araña se inclinaba hacia delante o al costado según correspondiera y le descerrajaba al oyente de turno la historia de su cáncer y el sacrificio que hubo de hacer para llegar hasta allí con sus nietos, manejando el auto con mucho cuidado para no tener un accidente pues estaba recién operada y “en quimio”. En general las personas sonreían amablemente al principio, y luego, a medida de que los detalles se iban haciendo más sangrientos o patéticos, iban abandonando la sombra, de a poco, hasta que dejaban la sonrisa en algún lugar del banco y huían a la cálida y hospitalaria luz, a ejercitar la habilidad de sobrevivir al sol de media tarde en este enero cálido, en serio cálido.
Todo esto era percibido por la mujer que ahora reflexionaba sobre el asunto, con la tranquilidad que provenía de no ser candidata a oyente pues estaba acompañada y por lo tanto no estaba al alcance de la telaraña que había tendido la señora en aquel banco bajo la reparadora sombra del único árbol que seguía firme, peleando por su espacio contra la arena de los toboganes y el metal de las hamacas.
De pronto, alguien se mostró cortésmente receptivo por más tiempo de lo acostumbrado. Ahora vendrá la calma, pensó la mujer mientras admiraba a la persona que estaba siendo bombardeada sin misericordia alguna por la doliente abuela cancerosa (¿cancerígena?) porque de esa manera, supuso, gracias al bondadoso acto de oír que estaba ejecutando la nueva víctima, la abuela-araña quedaría satisfecha.
Pero las cosas no son así. La vida no es así. El amable-oyente resultó ser el morboso-oyente, así que aquel par dialéctico quedó como soldado a la autógena, y la que necesitaba exponerse encontró quien le diera pie para avanzar en aquella enumeración de situaciones que iban de lo vulgarmente complicado a lo más terrible que le puede pasar a alguien; fueron recorriendo el camino despaciosamente, disfrutando cada pregunta y cada respuesta, agregando conmiseración por parte del morbo-oyente para vencer cierta reticencia en contar alguna cosa particularmente lamentable de la aún sobreviviente —recurso que se mostró exitoso cada vez—; agregando más amargura por la vía de contar las experiencias de otros y así confirmar lo que sin dudas era un porvenir de torturada expectativa, de estudio en estudio, de análisis en análisis hasta que, todavía la mujer no sabe bien cómo sucedió, la abuela cancerígena se paró para poder brindar una mejor perspectiva al oyente morboso y sin mediar ningún aviso con una mano bajó la cintura de su pantalón hasta la ingle y con la otra subió la blusa hasta el seno y las carnes blancas y costuradas, cicatrizadas, fruncidas como acordeón flácido, bordó como la boca apretada de una negativa, aparecieron a la vista de todos.
La mujer piensa ahora que bien podría la araña haber hecho alguna señal, o haber hecho algún sonido anticipatorio que permitiera elegir ver o no ver. Una señal como la del fin del horario de protección al menor en la tele, algo que le hubiera permitido ahorrarse la imagen que desde ese momento no puede quitarse de la cabeza.
Hoy pensaba que... (V)
El valor de la sonrisa es incalculable. Nos falta una referencia relativamente objetiva como para medir sus efectos que varían tanto según las circunstancias. Una sonrisa puede —a veces— dar vida o acaso matar. Alcanza con situarla en la boca que ama o en la que odia. Alcanza con que los ojos sobre la boca que sonríe nos amen o nos ignoren.
Sin embargo pienso que a menudo el papel del que nos hace sonreír permanece oculto ante la maravilla evidente de la propia sonrisa. Y por eso no nos damos cuenta que alguien así es providencial para tener ganas de levantarse cada día. Es un energizante natural, un curador, no del envase que nos contiene sino de nosotros mismos. No de esa cáscara que permite el vínculo con lo que nos rodea, sino de mí, de ti. Esta que soy y que escribe, ese o esa que eres y que lee.
Por eso, cuando el curador se acerque a ti no preguntes cuánto se quedará contigo, sólo disfruta.
Hoy pensaba que... (IV)
* El monólogo como herramienta de comunicación es frustrante, aunque por el uso que se hace del recurso, pareciera que se desconoce su ineficiencia.
* Perder el tiempo es igual que ir por una carretera bordeada de nada con los ojos fijos en el horizonte.
* Si aumentan tu salario debido a una carga mayor de responsabilidades y no te permiten cumplir con ellas, seguro que se te va el aumento en medicamentos. Si frente a esa circunstancia no renuncias porque te convencen que en el corto plazo contarás con la posibilidad de hacerlo, ahorra el gasto en farmacia y ve directo al manicomio.
* Subir y bajar de la balanza no es un deporte que haga perder kilos. A veces, incluso, puede ayudar a ganarlos.
* Nada ayuda tanto como la autocompasión a la hora de aumentar en masa y volumen y a la vez, disminuir en la misma proporción el amor propio.
Hoy pensaba que... (III)
En realidad, hacemos lo que podemos hacer de lo que debemos, y nada de lo que quisiéramos hacer.
Para peores resultados, casi nunca suelen coincidir cualquiera de esas cosas con las que los demás imaginan que podemos, debemos o queremos.
Para peores resultados, casi nunca suelen coincidir cualquiera de esas cosas con las que los demás imaginan que podemos, debemos o queremos.
Así es la vida. Pero no es bueno renunciar a ella. Porque sucede (o eso dicen) que algún día se nos presenta la posibilidad de hacer las cosas que queríamos hacer (pero cuando ya no podemos), o ya no tenemos que hacer las cosas que antes debimos (justo cuando sí podemos hacerlas, y bien), o podemos hacer lo que debemos y queremos, pero nos hemos quedado sin ganas de lo uno y/o de lo otro...
Tengo para mí que cualquiera de las alternativas es preferible a la última, que no es más que la oferta con descuento del pasaje al otro barrio.
Tengo para mí que cualquiera de las alternativas es preferible a la última, que no es más que la oferta con descuento del pasaje al otro barrio.
Hoy pensaba que... (II)
* No sé qué me duele más: la evidente falta de ética de la sociedad, o la asombrosa falta de estética de la pobreza.
* A veces identifico fácilmente el motivo de dolor que me provocan algunos hechos: alcanza con preguntarme en qué dirección quiero ir más de prisa.
* A mis cincuenta años sigo preocupada por encontrar al culpable que, en uso de quién sabe qué potestades supremas, optó por darme la dudosa habilidad de escribir sin faltas de ortografía en vez de darme una belleza inolvidable.
Hoy pensaba que... (I)
El aburrimiento -o, según el caso, la monotonía– todo lo puede. Una buena dosis de uno u otra, aplicada convenientemente, tuercen la conciencia más recta.
No hay sueño más profundo que aquel que nos invade cuando nos metemos en la cama después de repasar las cien cosas que dejamos sin hacer… otra vez.
Siempre estamos dando examen de conducta. Por eso asombra ver cómo gente que se preparó tantos años para concursar pierde por insuficiencia o faltas a la hora de cubrir las vacantes para Honesto. Quizás la razón se halle en esa certeza oculta de que nosotros sí “somos distintos”.
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