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Naturalmente

El légamo pareciera querer salirse de la charca, se agita perceptiblemente y crea ondas que reflejan la claridad espesa del cielo. Nada más se mueve. Bueno, yo me muevo.
Me acerco con la intención de no hacer ningún ruido, de no quebrar ninguna ramita ni mover piedra alguna que me delate en esta mañana sin sombra. Llevo en la mano una vara para mantener el equilibrio. No preciso recargarme en ella, simplemente voy tanteando el suelo, como lo haría una persona ciega, y así puedo calcular aproximadamente adónde debo poner mi pie descalzo. La humedad del pasto es más tibia que el aire. Ha dejado de llover no hace mucho, y el último calor del verano parece elevarse de la tierra, pero a la altura de mi espalda ya no llega más que un vaho y siento frío.
A unos pocos pasos de la orilla me detengo, oigo leves sonidos de salpicaduras o acaso burbujas que ascienden desde el fondo y estallan en la superficie. Le dije que no fuera a asomarse.
Se lo dije hoy temprano, cuando salió con la rama que usa de caña y el hilo con ganchito al final, acompañado nada más que por la sombra mañanera tras de sí, pretendiendo pescar algo. No te asomes, nada vive allí, y eso que llevas no sirve más que para jugar en la playa. Debí seguirlo, buscar otro entretenimiento para él, pero soy una persona ocupada.
A media mañana estalló la tormenta y la luz se espesó alrededor de la charca bajo el cielo gris. Llovió como si nunca más, pero un rato apenas. Lo suficiente como para salir a buscarlo, qué estará haciendo afuera con esa lluvia, pensé.
Cuando abrí la puerta para llamarlo y vi que no caía ya más que una u otra gota descolgándose desde el borde de la quincha, sentí que algo no andaba bien. No sé otra manera de decirlo. Era eso nada más, una sensación de error. Algo estaba equivocado en el lugar.
Así que me descalcé y tomé la vara que uso siempre que voy hasta la charca para ir tanteando el suelo y no equivocarme cuando piso, entonces llegué hasta aquí y aquí me detuve. Hace ya un rato que estoy, imaginando como las burbujas que ascienden desde lo profundo del légamo estallan con ese plop fétido, apenas audible, sin animarme a desoír mi propio consejo, y asomarme a la charca.
Me decido, no puedo dejar que caiga del todo la noche sobre la casa y el jardín de la casa y el fondo de la casa y sobre la maldita charca sin alambrar, mientras no hago más que estar inmóvil, lejos pero al alcance del espejo de agua.

Leyendo poemas en la Estación Peñarol

La tarde aún era día y la noche no había asomado ni la enagua, sin embargo entró, decidida como si fuera dueña de casa, y sacando la voz desde el fondo del espíritu para que la oyeran bien dijo “buenas noches para todos” y bajando apenas un tono completó: “las damas sólo beben luego de que el sol se ha puesto”. Y así, como si nada hubiera de extraño, le dijo al patrón que estaba detrás del mostrador “sírvame una medida de ese uisqui de ahí”.
Si hubiera sido inocente, si hubiera tenido fe, quizás habría pensado que el hombre era un adivino, un mago disfrazado de bolichero atendiendo su alquimia justo enfrente de la Estación de Peñarol, donde la poesía estaba siendo.
Con un toque de picardía y otro de caballerosidad, mientras pasaba la rejilla eterna sobre el mostrador, el hombre le dijo, “Comonó, señora ferroviaria”. Y sin darle tiempo a pensar en nada, avanzó todavía más toreando el asombro de ella y con una sonrisa le dijo “la casa invita, Silvia”.
Ella no es inocente. No pensó en que el dueño del boliche era un augur esperando el momento para manifestarse. Así que preguntó y recibió la respuesta. Siempre hay un ferroviario reconociendo a otro en cada esquina de Montevideo. Siempre hay un minuto para saludarse.
Entonces, con aquel vasito de plástico que Elbia proveyó junto con el agua necesaria para aliviar la sed de los poetas, cargado ahora con el alcohol en la dosis justa para calentar la garganta antes de la lectura, cruzó la calle para reunirse con los oficiantes del rito poético. Y como estaba por llegar el momento de leer, dedicó esos últimos minutos previos a repartir lo que había impreso para que algunos pudieran seguir con los ojos su voz. Alguien se le acercó pidiendo otro ejemplar para “aquel señor de allá, no sé si lo conoce” y cuando miró se encontró con un oficiante pero de otra poesía. La de la música. El “señor de allá” era Yamandú, sacerdote de tambores, amo de la percusión que olvidó un día cuál era la dosis justa y se perdió para su religión de lonja y madera. Ella sabía perfectamente quién era.
Así descubrió que no ser inocente apenas importaba a la hora de presenciar situaciones mágicas, espontáneas, sin magos ni augures que las convocaran. Nada más alcanza con estar en el lugar y la hora apropiados.

Un farol de señales

Ella quería un farol de señales para su casa. No era ferroviaria, pero amaba el ferrocarril. Me pidió que fuera al remate en su lugar y acepté, previa consulta con el sindicato al que había pertenecido y al que aún respeto, mal que le pese al Estado que me expulsó de AFE*. Los remates tienen algo mágico. Podés perderte si no conocés su liturgia, sus laberintos, sus reglas, sus señas y contraseñas propias de iniciados. Yo lo había descubierto hacía un año ya, a la hora de convertir una habitación de la casa en mi dormitorio. En aquella época el Ruso me había acompañado, en calidad de conocedor de muebles, para no volver cargando un desecho. Y al verlo actuar supe que era uno de aquellos a los que tales secretos le habían sido revelados. Al Ruso le debo que el montoncito irreconocible de madera encontrado en un rincón pasara a ser la cama hermosa en la que sueño, a veces dormida, a veces despierta. Cuando le pedí que volviera a asistirme y me ayudara a conseguir el farol, aceptó. Tengo la certeza de que dejó de lado sus propias urgencias para poder participar de aquel rito al que volvía a convocarlo.
El remate se haría en los talleres del Barrio Peñarol, barrio ferroviario si los hay. Estibados como al descuido estarían los faroles de señales; telégrafos de Estación; grandes mesas y estanterías de roble “del tiempo de los ingleses”; antiquísimos teléfonos de esos sin disco ni teclas, “a manija”; viejas máquinas de escribir Remington; y aquellas calculadoras de cinta, las mecánicas. Desde durmientes hasta vagones viejos.
Llegamos justo cuando daba comienzo la puja. No tenía sentido que me quedara allí junto al Ruso, igual que el resto de los extraños que la ocasión había reunido. Por otra parte él no me necesitaba. Así que sumergida en mis recuerdos me fui a recorrer el lugar al que no entraba por lo menos desde el año 1988.
Ese día aprendí algo que nunca hubiera sospechado. Algunas cicatrices para siempre son heridas, se abren al simple roce. Nunca desaparecen.
En el umbral del galpón donde estaban los objetos a subastarse recibí la primera punzada de dolor. Lo que se iba a vender al mejor postor era, ni más ni menos, parte de mi vida. Apilados y en desorden estaban los muebles que habían visto discutir a los ferroviarios en tantas asambleas, a veces interminables, estrategias de lucha, manotazos tercos contra un enemigo que, mientras robaba al país, también nos robaba a nosotros.
Vi las mesas de trabajo sobre las que nos inclinamos rutinariamente día a día tantos años para calcular el balance de cada Estación, donde contabilizamos mes a mes cuántos boletos vendidos, cuántas encomiendas enviadas, cuánto ganado, y madera y arroz y esperanzas transportadas. Allí estaban, impregnadas de satisfacción, las herramientas que empuñamos tantas veces cientos de trabajadores. Satisfacción recibida sólo por quienes saben que su trabajo pone en marcha milagros. Nuestros milagros eran sencillos: jóvenes en pueblitos perdidos que llegaban a sus escuelas y liceos, galleta y pan para el KM 329, la encomienda de la madre para el hijo estudiando en la capital...
Estaban allí, en esos muebles viejos, las huellas del dolor y también las de la solidaridad. En medio del desconcierto de sentirme herida todavía, con la repentina conciencia de la imposibilidad de olvido, de la mentira flagrante del poder curativo del paso del tiempo, lloré.
Lloré porque habíamos perdido la batalla. Por tanto sacrificio hecho por miles de ferroviarios para defender su dignidad, hoy repartidos por incontables organismos y oficinas. Lloré por saber que los que se jugaron a un ferrocarril obsoleto estarían disfrutando ese día. Lloré porque ni siquiera podíamos llevarnos un pedazo de historia; los capitalistas del recuerdo habían acaparado cada objeto, ofreciendo precios de oro por la memoria.
Me acordé del viejo Caulia ya en paz; de Gerardo y su almanaque; del Negro Vega y su ánimo; de aquella señora en San Ramón después de un acto –hija, esposa y madre de ferroviarios–, que me abrazó, llorando, y me dijo: “Yo tenía dos hijos, me queda uno porque el otro olvidó que traicionar es traicionarse". Reviví las noches en vela con la Flaca Carmen, en plena huelga, hablando con cada Estación... Me acordé del “mediador” devenido hoy en hijo pródigo. Volví a aquella noche en la Comisaría de Sarandí Grande cuando pusimos el tren a Paso de los Toros bajo control obrero. Y lloré.
Me alejé rumbo a las vías, a esconder mis lágrimas, a llorar libre y desesperadamente por la pérdida, entre los amados rieles ya oxidados, entre atormentados esqueletos de vagones de pasajeros que me habían visto aprender a jugar al truco, a tomar mate, a pasar hambre antes que carnerear, a amar lo colectivo antes que lo personal.
Cuando me adentraba en el predio, oí que alguien me dio la voz de alto.
–Por ahí no se puede pasar, ¿no vio el cartel?
Era un desconocido en uniforme de guardia privada. No me detuve pero alcancé a escuchar, mientras me internaba en lo que quedaba de los talleres, que alguien contestó: “Ella sí pasa. Ella es ferroviaria”, y oí sus pasos, escoltándome los metros que caminé a ciegas. Sentí su dolor, compañero del mío.
Nos saludamos, y estoy segura que ambos teníamos la misma poderosa certeza: Es sólo una batalla perdida. Aún no hemos perdido la guerra.
..........................................................................................11 de mayo de 2004
* Administración de Ferrocarriles del Estado

Crónica de dos fotos

Había pasado toda la tarde caminando y de pronto me encontré en un amplio espacio a cielo abierto, entre plaza y mercado, lleno de gente apurada sin prestar atención a nada ni a nadie. Pensé en buscar un lugar para hacer un alto mientras reflexionaba sobre aquella sensación de levedad que tenía esa tarde, tan distinta de los últimos días en los que me sentía pesada, sin ganas de levantarme cada mañana. Tanto pesan algunos sentimientos que parecen piedras de molino. La decisión de viajar a Buenos Aires, que me había llevado hasta allí esa tarde, había sido un acierto.
La ropa se adhería a mi espalda húmeda. Sentada en el verde terraplén alcé la cabeza. Miraba para ver, quería llenarme de belleza. Vi el jacarandá, que sembraba de azul subido el pedregullo de la plaza, volviendo mágico ese rincón donde unos contenedores amarillos le prestaban al árbol un fondo sobre el que destacar. Busqué la cámara en la bolsa que llevaba sujeta a la cintura –ojo, me habían dicho, no lleves nada que puedan arrebatarte– y traté de hallar un buen ángulo para la fiesta de colores.
La vi justo cuando iba a tomar la foto, detrás del árbol azul y de los contenedores de mantenimiento. Una mole anciana y digna, esperándome. Una sobreviviente. La Estación se alzaba dominando el espacio.
En ese momento recordé que tenía casi agotada la capacidad de la cámara digital, pero no podía elegir entre los árboles o la Estación. Verifiqué en pantalla qué quedaba de memoria para seguir fotografiando; ojalá que hubiera lugar para dos disparos más. A veces los deseos no son otra cosa que aire en el aire. Para darles carne siempre hay que perder algo así que miré rápidamente las fotos que tenía y decidí borrar dos o tres del viaje por el río. Demasiada agua.
Alcé otra vez la cámara y enfoqué los tres árboles, el jacarandá en el medio y detrás los contenedores amarillos. Caminé dos pasos hacia atrás, sobre el retazo de pasto, para abarcar la alfombra azul sobre la que se erguían, hermosos, los árboles. Y cuando iba a sacar la foto empecé a dudar. ¿Y si el espacio no alcanzaba bien para sacar la Estación? Así que dejando atrás el trío de árboles me lancé, mientras pensaba qué foto quería llevarme de Constitución. Crucé la calle sin mirar demasiado arriesgando quedar estampada en un ómnibus. Más tarde, si había con qué, volvería para tomar aquella foto de azules y amarillos, pero la Estación me llamaba, poderosa voz ineludible que me arrastraba hacia su interior y a la vez me conectaba nuevamente con lo que es para mí el mejor pasado, una época de aprendizaje e ilusión, de mi albañileo como mujer, época de amor y también de derrotas heroicas, como son aquellas en las que se ha dado todo con convicción.
Desde la puerta nomás adiviné la maravilla iluminada de las vías y los trenes, y la gente entrando y saliendo. El andén, pensé. Me llevo la imagen del andén. Levanté los brazos y enfoqué.


Si quieres ver las fotos: El Árbol azul sobre amarillo y los Andenes de Constitución.

A oscuras

Esta es la noche, no hay otra más que ésta. Si algo queda, si algo resiste luego de la lluvia, quizás haya futuro.
Pero esperar sin fe es como amanecer dormido sobre la escarcha. No se amanece así, se muere así.
Esperar a que amanezca como si lo único que quedara en el horizonte fuera esa luz atravesando las persianas. Como si lo único que puede ser aún es esa luz que la ventana impide. Eso es lo que hago desde siempre. Esperar.
Y no importa demasiado si la ventana recuerda un mapa, si los hilos de agua corriendo entretejen un destino prescindiendo de la parca, cursos de agua por donde se viaja sin objeto, sin prevención alguna, nada más que por viajar igual que si subiéramos a un pájaro, minúsculos como la gota sucia de viento que resbala vidrio abajo. Simplemente correr por el cristal que se extiende cada vez más y más abajo, interminable, sin terminar. Igual de monótono que el sonido de la lluvia, cayendo para siempre sobre los techos de la ciudad. El viejo y gastado sonido de agua sobre agua sobre agua. La misma siempre. Una y otra vez.
Esta es la noche. No habrá otra. Mañana quizás alguien recuerde que hubo una noche anterior —esta noche—, en la que alguien soñaba con un momento distinto, una luz más alta en el cielo que este foco apagado que se asoma entre gota y nube, entre luz rayando el violáceo fondo de la noche.
Soñar con un momento distinto es pensar en lo no-pensable. Los momentos se repiten una vez y otra, igual que el recorrido de las agujas sobre un disco vertical. Parece que las horas pasaran pero estamos atados a esta noche, despiertos y con sabor amargo en la boca. Esta noche es la última noche. Mañana no será un dato de la realidad. Quién dijo que existe “mañana”. Es nada más que una leyenda urbana. La de alguien que creyó despertar en otro día, a otra hora, sin pensar en que eso es imposible cuando se vive todo el tiempo alerta (o dormidos, quién lo sabe).
Qué pruebas puede haber de que hemos dormido antes, o que volveremos a dormir; qué pruebas, acaso, de que estemos despiertos…
Sólo hay una certeza. Esta es la noche. No hubo más que ésta. Y yo que creí que era posible una mañana o que fue posible un crepúsculo. Nada es cierto. Nada. Sólo me engaño, y lo que creímos saber se ha hundido en el tiempo muerto de las bibliotecas, llenas alguna vez de gente que creyó poder averiguar lo que sucedió pero dejaron de pensar en ello la última vez que pasaron la misma página y por casualidad cayeron en la cuenta de que volvían a leer lo mismo, una vez y otra vez, como el personaje de un cuento de terror.
Esta es la noche. Me levantaré de la cama totalmente lúcida, caminaré por la casa a oscuras, recordaré cada cosa en su lugar y por eso las cosas estarán allí, muebles, plantas, todo allí tal y como lo vengo soñando cada día; me levantaré, digo, y con un suave roce de los dedos identificaré el metal esperando por mí, el gatillo pronto, el seguro inexistente, cada bala en su lugar, una en la recámara.

Olvidos menores

Por más que pienso no lo recuerdo.
Sólo veo su cuerpo en el piso, boca arriba, la cabeza sobre un charco de sangre, minúsculo el agujero debajo de la pera apenas dibujada en una cara de niño, los ojos casi cerrados.
Estaba caído sobre el piso, los brazos contra el cuerpo en el cuarto adonde apenas cabía la cama y él, ocupando todo el piso, muchachón crecido como sin molde, las caderas más anchas que los hombros, como mirándome desde el piso cuando abrí la puerta que la madre no se atrevió a traspasar, o eso fue lo que me dijo mientras lloraba por teléfono.
Lo miré, desde esa distancia insalvable ya, lo vi desdibujado como si hubiera un vidrio esmerilado entre mi vida y su muerte. El padre no llora en el otro cuarto. No precisa consuelo. Le faltó valor para vivir, dictamina.
Le hablo. No sé ni qué le digo ahora que ya no podrá escuchar a nadie, pero casi estoy segura de que le pregunto el porqué. Quizás hasta maldije por lo bajo la cobardía de los vivos, por lo bajo para que los cobardes no oyeran —ni me oyera yo— mientras lloro para consolarme. No lloro como la madre, a quien se la oye llorar. Lloro como un río silencioso, refrescando la boca ardiente de bronca.
No sé qué me obliga pero pido agua y un paño limpio. No sé qué me hace pensar en la limpieza como parte de la dignidad del niño, y cuando me acercan a la puerta entornada un balde y una toalla le limpio la cara, le cierro del todo los ojos, descubro el otro agujero pequeño sobre el inicio del pelo, y me doy cuenta de que el charco sobre el que yace no puede enjugarse con él encima.
Así que lo levanto desde los hombros pero no puedo con él. Lo levanto desde las axilas pero no puedo con él. Grito y alguien viene. No es la madre ni el padre. No recuerdo quién viene. Lo subimos a la cama y otra vez sola limpio el piso lo más prolijamente que puedo luego de acomodarlo para que descanse mejor, sobre la cama luego de alejarlo del piso para que nadie más tuviera que verlo allí, tirado. Me pregunto si alguien avisó a la policía —deben haberlo hecho, pienso, cómo no si se mató con el revólver de reglamento del hermano, pienso— y sigo con ese estúpido rito de limpieza cuando ya nada importa. Luego me iré a casa, no sé a qué, para ir más tarde, como todo el mundo, a la sala donde lo velarán.
Después de tantos años, me despierto, hoy, con esta necesidad de saber por qué por más que pienso no recuerdo. No recuerdo si lo vi y no le di importancia. No recuerdo si no lo vi; y si no lo vi no recuerdo por qué no pregunté dónde estaba en ese momento el revólver. Y ahora que ya no hay a quién preguntar, ni nadie a quien le importe, yo necesito saber dónde estaba el revólver, aunque tampoco sepa por qué.

La boca bordó

Vivimos en una época en que las personas se exhiben. Parece como si necesitaran hacerlo para lograr una confirmación de su existencia, o una manera de conseguir cierta densidad, perder la calidad volátil y efímera de lo cotidiano y por dos minutos o dos horas ganar cuerpo a partir de ser visto u oído.
Hay personas que gracias al celular, con una sola llamada consiguen tal objetivo por la vía de matar varios oídos; imponen su vida y circunstancia, no sólo a quién recibió esa llamada, sino a todos los que vamos arriba del ómnibus, por ejemplo. Cada vez son más quienes exhiben su vida por este método. Si no se cuenta con mp3, un ipod o por lo menos una radio modesta, se está obligado a oír. No tenemos una membrana que nos proteja de los ruidos molestos, o de conversaciones que desnudan la vida propia y ajena, exponiendo los terribles recodos en los que todos nos empantanamos alguna vez. Antes, esos recodos se mantenían en lo privado, no se los aireaba con displicencia o peor aún, con fruición y a voz en cuello.

texto completo
    La mujer nunca pensó demasiado en el asunto hasta aquella tarde en el zoológico cuando escuchó a la señora. No es que alguien le hubiera preguntado algo, ni que estuviera con algún conocido, simplemente la señora contaba su vida a quien quisiera oírla. Y lo que tenía para contar era terrible.
    La señora había depositado a sus dos nietos en el espacio para juegos del zoo y allí esperaba como una araña, agazapada en la esquina del único banco con sombra de toda la plazuela. Cada tanto alguien cometía el error de sentarse allí a vigilar sus niños. Entonces, la señora-araña se inclinaba hacia delante o al costado según correspondiera y le descerrajaba al oyente de turno la historia de su cáncer y el sacrificio que hubo de hacer para llegar hasta allí con sus nietos, manejando el auto con mucho cuidado para no tener un accidente pues estaba recién operada y “en quimio”. En general las personas sonreían amablemente al principio, y luego, a medida de que los detalles se iban haciendo más sangrientos o patéticos, iban abandonando la sombra, de a poco, hasta que dejaban la sonrisa en algún lugar del banco y huían a la cálida y hospitalaria luz, a ejercitar la habilidad de sobrevivir al sol de media tarde en este enero cálido, en serio cálido.
    Todo esto era percibido por la mujer que ahora reflexionaba sobre el asunto, con la tranquilidad que provenía de no ser candidata a oyente pues estaba acompañada y por lo tanto no estaba al alcance de la telaraña que había tendido la señora en aquel banco bajo la reparadora sombra del único árbol que seguía firme, peleando por su espacio contra la arena de los toboganes y el metal de las hamacas.
    De pronto, alguien se mostró cortésmente receptivo por más tiempo de lo acostumbrado. Ahora vendrá la calma, pensó la mujer mientras admiraba a la persona que estaba siendo bombardeada sin misericordia alguna por la doliente abuela cancerosa (¿cancerígena?) porque de esa manera, supuso, gracias al bondadoso acto de oír que estaba ejecutando la nueva víctima, la abuela-araña quedaría satisfecha.
    Pero las cosas no son así. La vida no es así. El amable-oyente resultó ser el morboso-oyente, así que aquel par dialéctico quedó como soldado a la autógena, y la que necesitaba exponerse encontró quien le diera pie para avanzar en aquella enumeración de situaciones que iban de lo vulgarmente complicado a lo más terrible que le puede pasar a alguien; fueron recorriendo el camino despaciosamente, disfrutando cada pregunta y cada respuesta, agregando conmiseración por parte del morbo-oyente para vencer cierta reticencia en contar alguna cosa particularmente lamentable de la aún sobreviviente —recurso que se mostró exitoso cada vez—; agregando más amargura por la vía de contar las experiencias de otros y así confirmar lo que sin dudas era un porvenir de torturada expectativa, de estudio en estudio, de análisis en análisis hasta que, todavía la mujer no sabe bien cómo sucedió, la abuela cancerígena se paró para poder brindar una mejor perspectiva al oyente morboso y sin mediar ningún aviso con una mano bajó la cintura de su pantalón hasta la ingle y con la otra subió la blusa hasta el seno y las carnes blancas y costuradas, cicatrizadas, fruncidas como acordeón flácido, bordó como la boca apretada de una negativa, aparecieron a la vista de todos.
    La mujer piensa ahora que bien podría la araña haber hecho alguna señal, o haber hecho algún sonido anticipatorio que permitiera elegir ver o no ver. Una señal como la del fin del horario de protección al menor en la tele, algo que le hubiera permitido ahorrarse la imagen que desde ese momento no puede quitarse de la cabeza.

Al fin solo...

Buenas tardes, pase tome asiento qué habré comido que me dio esta alergia ya no sé cómo hacer para no rascarme tengo ganas de salir corriendo y cuénteme lo bien que le está yendo mientras la gorda esta me mira como si yo fuera dios y no la bendigo, si la apuro es capaz que sí, claro no la veo más gorda de ninguna manera se va rápido y puedo ir al baño a ver qué tengo en la espalda viene haciendo lo que le mandé seguro que ni por equivocación ésta se toma la sopa todas las noches y come fruta como le ordené pero mi amiga no hay que desanimarse tan rápido si no te animás rápido crepás con ese peso que andás cargando por la vida, vamos a ver si probamos otra semana más y luego ay me muero de ganas de fregar la espalda contra la pared vemos si es necesario atacar químicamente la situación dale con las pastillas a estas alturas no sé si quiere adelgazar o quiere empastillarse nomás pero claro, comonó, seguroquesí cómo no te voy a tener presente gorda si no hay dieta que se te resista carajo y no se levanta para irse mejor me paro yo y la levanto cuando le doy el beso de andate vamos vamos trate de dominar esa angustia que luego le da por comer y me das angustia a mí que me da por rascarme ahhh pero claro es eso sí sí vaya y arregle con la secretaria seguro que eso es el estrés que me está matando mejor voy a verlo al flaco no por hoy vamos a dejar el rito de la balanza tranquilo que andamos todos preocupados por la situación de casi se lo digo casi le digo ay que me muero de risa que me pica la espalda que si no se da vuelta le largo la risa y no se va más carajo esta nueva fiebre anda en la vuelta si estornuda en este momento me despatarro de risa y pierdo la clienta bueno bueno tómelo con calma que para que esto dure y me sigas pagando cada visita y no haya efecto rebote hay que ir bien despacito si no te vas ya de una vez me muero si no me rasco ya mismo ahhhhh por fin solo.


Una memoria posible

Cuando pienso en escribir acerca del viejo me da miedo. El mismo que sentía al final, cada vez que golpeaba firme la pared con el bastón, o con lo que tuviera a mano. Tengo la sensación de que si en medio de la noche me pongo a contar lo que pasó, oiré su llamado. En medio de la noche, digo, porque no imagino escribir acerca del viejo cuando afuera es día y hay luz. El viejo golpeaba la pared cada vez que quería hablar conmigo. La primera vez que lo hizo, medio dramática por su circunstancia, me había sorprendido. Luego me pareció tan natural que iba siempre que me llamaba de esa manera. Ahora pienso que me recuerda a mi padre.
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    ... Vivíamos en el mismo corredor, uno al lado del otro, por lo que cuando me mudé nos cruzábamos a menudo. En esa época me tocaba el timbre cuando quería conversar. El tiempo dio lugar a una confianza más o menos sólida, pero poco justificada, o así me parece ahora. Nunca supe si había nacido aquí o había llegado de otro lugar, ni quise saber si había tenido un oficio que justificara tal cantidad de armas en las paredes, o si era un coleccionista
    ... Creo que no tenía a nadie el viejo, nunca habló de su familia y tampoco se lo pregunté. No abundaba en esos temas, no me convenía demasiado ahondar en ciertas penas trayéndolas a la luz cuando lo que quería era echar más y más olvido sobre ellas; a mí tampoco me quedaba nada. Por aquella época venía con cualquier excusa y terminaba sentado en mi único sillón mientras yo buscaba lo que me hubiera pedido dentro de las cajas aún sin desarmar, que apilaba detrás del murito que delimitaba la cocina separándola del resto del espacio. Sobre la madera que corona las hileras de ladrillos me acodaba para escucharlo como en el mostrador de un bar, mientras él, olvidado de lo que venía a buscar, me contaba historias inverosímiles que yo fingía creer. Siempre se fue con las manos vacías, porque nunca acomodé el contenido de las cajas en los estantes de la cocina por no valer la pena el esfuerzo.
    ... Recuerdo aquella vez que vino alguien; podía oírlos porque nuestros apartamentos están separados apenas por una pared delgada. Discutieron mucho esa noche. No podía identificar la otra voz como masculina o femenina, supongo que sería lo joven del timbre que impedía distinguirla. Tampoco se entendían las palabras. Oía el tono acelerado de la discusión, algún grito más agudo que otro, y la voz cortante del viejo cada tanto. Creo que ganó por desgaste, aunque no sé cuál fue el premio. O la condena, según se mire. Esa persona, que yo sepa, nunca más volvió.
    ... Estaba tratando de distraer mi atención de la discusión con tanto empeño que no me di cuenta de que el escándalo había cesado, absorto en una novela extraña acerca de un comisario loco en un pueblito de pocas almas. Así que cuando sentí el golpeteo firme y continuado contra la pared con lo que resultó ser el bastón del viejo, me sobresalté y salí disparado a ver qué le pasaba. La verdad es que no sé qué esperé ver. Temí que le hubiera dado un ataque producto del enojo por la discusión, pero no. Él estaba sentado en una silla que no le había visto antes, —bueno, es que esa fue la primera vez que entré a su casa— y no sabía que tenía una así, con ruedas. Lo había visto siempre caminando con dificultad, apoyado en su bastón, pero nunca en una silla de ruedas. La puerta estaba abierta, y como digo, allí estaba él, en su silla, bastón en mano, cerca de la mesa en la que había dos vasos vacíos y en el piso una botella astillada y también vacía. Recostado contra la pared del fondo como para no caer había un mueble sin puertas, con varias botellas más, llenas. Y por sobre ese mueble, amurada contra la pared una estantería con armas, colgadas de soportes o simplemente apoyadas sobre los estantes. Nunca había visto tantas juntas.
    ... Creo que quería que le alcanzara una botella del mueble para seguir bebiendo, pero nada más dejó caer el bastón al piso y me miró como si pudiera decir algo con los ojos enrojecidos, los labios como cosidos uno al otro, como si pudiese ahorrar palabras, no lo sé.
    ... Me acerqué para alcanzarle el bastón que rechazó con un gesto. Intentó pararse pero no pudo. Le pregunté si quería que lo ayudara a salir de la silla, o si quería que lo empujara hacia otro lugar de la casa, y volvió a negar. Así que me volví para levantar la botella y devolverla a la mesa, y cuando lo hube hecho caminé despacio y salí del apartamento sin darme vuelta a mirarlo, igual que si nadara en el silencio del viejo, sentado y mudo en el centro de la habitación.
    ... Me dio vergüenza verlo así, como quebrado desde adentro, y creo que él se dio cuenta porque nunca dijo nada de esa vez en que inauguró la forma de llamarme a cualquier hora de la noche, y en la que yo acepté, de manera tácita, que acudiría cada vez que lo oyera golpear. Nunca más volví a verlo de pie.
    ... Recién llegado al edificio, regresado de prepo a la soltería por causa de abandono, sin familia y sin amigos, me resultó fácil aceptar aquel asalto suyo a mi apartamento. En esa época, cuando llegaba de trabajar él me oía y se venía con cualquier excusa a conversar. También estaba solo. Y aburrido, creía yo. Me había comprado la ilusión de que era un pobre anciano solo y aburrido, y en cierta forma lo veía como mi posible futuro, tan enredado y hundido en mí estaba yo en ese período. Eso hacía que lo viera con una benevolencia que hoy me resulta difícil de entender, casi no me reconozco en aquel tipo solícito que lo dejó acercarse tanto, que fue perdiendo la paz hasta llegar a este que soy hoy, que tiembla si oye pasos en el apartamento de al lado.
    ... Cómo no me di cuenta de que en esa manera ávida de esperar el ruido del ascensor, y luego el de mi puerta para confirmar mi presencia, había algo más que soledad. Cuando me pongo a pensar, aplastado por una fría y metódica resignación, he llegado a preguntarme si la forma en que di con el lugar, tan rápido, tan apropiado, tan en cuenta, no tuvo que ver con alguna influencia del viejo, echando mano a conocidos, presos de favores que les hiciera en sus años de “servicio a la sociedad”, como decía a veces sin aclarar más.
    ... Cuando él ya no vino sino que fui yo quien iba a su apartamento, las cosas empezaron a desbordarse. No supe que estaba dejándome enredar en una telaraña de lástima o compasión por mí mismo en un supuesto futuro, y cuando creí entrever la verdad fue tarde para rebobinar. Él ya dependía de mí hasta para ir al baño y yo me dejaba mandar a fuerza de golpes en la pared, urgentes a mitad de la noche o casi al amanecer, o lacónicos cuando llegaba de mi trabajo, cansado por falta de sueño y sin ánimo para poner fin a esa dominación.
    ... Ahora que lo pienso, eso lo perdió. Depender tanto de mí. Se descansó en que yo seguiría sirviéndole y se descuidó de tal forma que no prestaba atención a lo que yo hacía mientras él estaba en el baño, o mientras comía como si fuera un animal ensuciando la cama o el lugar donde lo alcanzaba la urgencia del hambre. Era evidente que si hubiera vigilado mis movimientos, u ocultado mejor los cuadernos repletos de una escritura infantil, de analfabeto casi, todavía estaríamos igual, cumpliendo las mismas rutinas. Pero no fue así.
    ... Ya había visto que bajo la cama el viejo guardaba una caja con cuadernos y lo que parecían ser recortes de diarios. Alguna vez lo vi, revolviéndolos como si buscara algo de memoria, sin mirar, o como si hiciera un inventario de los recuerdos con sólo tocarlos. Los movía de un rincón al otro de la caja de cartón como quien pasa las cuentas de un rosario, mientras distraído movía los labios como rezando o repasando las fechas. Eran recortes bastante viejos.
    A esas alturas, en mi trabajo ya me miraban bastante raro, porque por acudir a la demanda desmedida del viejo no encontraba tiempo a veces ni para bañarme, así que al principio me cambiaba de ropa como para disimular y luego ni eso. Les veía las caras a los de la oficina cuando yo pasaba, frunciendo la nariz, haciendo gestos. Y bueno, tenían razón, yo hedía, pero no podía bañarme, el viejo me tenía como loco golpeando la pared a cada rato así que yo vivía en tránsito de mi casa a la suya y viceversa hasta que un día empecé a no volver a la mía. No me daba el tiempo ni para comer, así que comía a las apuradas sobre el rectángulo estrecho de la mesa que la fotocopiadora dejaba libre, porque no teníamos comedor en la oficina. El proceso de deterioro que empezó aquella noche y no sé si ha terminado aún, se fue haciendo evidente y a la vez inexplicable, para mí y para los que me rodeaban. Por qué me robaba tanto tiempo el viejo con sus pedidos que empezaron por ser amables solicitudes a lisa y llanamente órdenes, pasando por ruegos melodramáticos, yo no lo sé aún hoy. Nadie lo sabe. Ni siquiera los que con cierto rictus de tristeza y una pizca de horror me trajeron, después de romper la puerta del apartamento para apagar el fuego con que lo quise limpiar de los recuerdos del viejo —y de los míos, claro—, cuando supe quién era él y quién, acaso, era yo.

    A la hora de dormir

    Por la puerta entornada se filtraba la luz de la veladora. Me acerqué en silencio para disfrutar del monólogo a media lengua que mantiene mientras juega solito, pero estaba callado. Cualquiera hubiera supuesto que el pequeño dormitorio estaba vacío. Sin embargo yo sabía que allí debía estar, como siempre, esperando a que le leyera un cuento. No pude hacerlo.
    Me lo impidió la impresión que me causó la tijera en sus manos ensangrentadas, y la mirada fija en los ojos del gato que reía por el pescuezo.

    A brazo partido

    La ventana abierta dejaba a los sonidos de la calle instalarse en mi habitación. Era la hora en que no se sabe si estás por empezar o por levantarte de la siesta. La mejor hora para leer, si es que no puedes ocuparte de otras cosas más energizantes.

    La puerta del apartamento de al lado se estrelló contra los marcos. El grito de la vecina consiguió hacerme levantar la vista del libro.
    —¡No me oyes cuando te hablo! ¡No bajo el tono nada! —la petisa acuchillaba sin piedad la tarde.
    —Estoy cansada de repetir que no me tomes el pelo, y sigues —ya más cerca del llanto que de la rabia.
    Yo, como sin querer, me acerqué a las cortinas.
    —Pero si es cierto —le decía él— fui a la casa de Eduardo y ella estaba allí. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que dijera hola y chau?
    —Pudiste volver más temprano, sólo eso. ¡Pero no! ¡Qué coincidencia! Tú llegas y la loca esa allí, y claro, te quedaste de copas hasta las miliquinientas. ¡Encima llegas a casa oliendo a alcohol! Seguro que empezó la cantilena de "comotextraño" y de teacordásdeaquello y lo otro, y lo de más allá... Si es como si la viera. ¡Esa yegua de mierda!
    —Pero mi amor, no te pongas así —bajito, él.
    —¿Cómo querés que me ponga? ¿Cómo querés que te crea? ¡Vos y tus amores me tienen podrida! ¿Cuándo vas a madurar?
    —Pero te juro, ¡no pasó nada!
    —¿Nada y te fuiste ayer y volvés hoy? ¡Pero vos crees que estoy de la cabeza! —gritando de vuelta.
    —Es que a Eduardo se le complicó todo y me pidió que me quedara con su padre... está paralítico, lo sabés —cuesta oírlo al vecino.
    —¡Claro! ¡Seguro que yo, además, soy la reina del carnaval! ¡Déjame de joder! —otra vez la puerta— ¡La culpa la tiene la hija de puta de tu madre que siempre quiso que te quedaras con ella y ahora te arma citas! ¡Vieja de mierda!
    —Bueno, Yolanda, ¡a mi madre no la metas en esto! —alzando la voz.
    —¿Ah no? ¿Y quién me lo va a prohibir? ¿Vos? ¡Pero haceme el favor! —y el grito restallando— ¡Pará, no te me acerques porque te mato!
    —¡Es que me sacás de quicio, Yoli! —me llega el ruido de un cuerpo golpeando contra la pared y oigo la voz ahogada de Yolanda. —¡Soltame! ¡No podés arreglarlo así! —la puerta vuelve a sufrir con el golpe sordo de lo que presiento es el cuerpo de mi vecina, con las manos de su marido en la garganta.
    Entonces me decido a bajar, pues conozco al vecino y le lleva 20 kilos y 20 centímetros de ventaja a la petisa. La puerta ahora contiene el forcejeo, y me lanzo a tocarles el timbre
    —Hola Yoli, ¿no me das un poco de sal?
    Y la cara de la peti, teñida de rojo subido por la pasión, me dijo todo antes de que ella pudiera acomodarse el bretel y limpiarse los besos del cuello. —No tengo, si compro te presto —me dice agitada mientras él se separaba de la pared, acomodándose la ropa.
    Me fui, yo también roja pero de vergüenza, mientras ellos se daban a esas actividades energizantes propias de la hora de la siesta.

    Hacia la luz.

    Se recargó sobre el brazo del hombre que la ayudó a bajar y de a poco fue desplazando su peso de un lado al otro, de una pierna a la otra, lentamente.
    ......Mientras se sostenía entre el vehículo y el hombre, éste se inclinó hacia el auto que aún tenía la puerta abierta y arrastrándolo sacó un bolso de mano. Despacio cruzaron la calle; en la noche parecía que un cuadrúpedo grande y torpe se tambaleaba, huyendo de la penumbra hacia la luz que se veía detrás de las amplias puertas corredizas, del otro lado del mundo. Era esa misma luz la que se reflejaba en el pavimento húmedo de llovizna helada insistente desde el comienzo de la tarde. La misma luz que los animaba a continuar, un poco más, otro paso que ya llegamos mi amor.
    ...... De un lado y otro de la calle nada se mueve más que ellos, y ellos lo hacen de tal forma que no se sabe si van o si no, como arrepentido el animal tras cada paso dado. Pero aún así, el efecto producido por adelantar desacompasado un pie y luego el otro, tenía que dar como resultado el contacto con el vidrio frío de la puerta iluminada.
    ......¿Cuánto demoraron en llegar hasta allí? Quién sabe. Un suspiro. Dos rezongos. Diez latidos o el doble de minutos. La medida es algo convencional, porque en realidad, el tiempo no se mueve en ninguna dirección. Simplemente es, mientras que somos nosotros quienes nos movemos por su dominio; muchos lo hacemos sin llegar a comprender su esencia jamás.
    ......Yo podría decir ahora, que quien iba con ellos pensaba en eso, porque el paso que iba a dar era fruto de la consciencia. Yo podría inventar que aquella que los acompañaba (que era llevada por ellos) conocía por ese instante único la esencia del tiempo y su trampa, abierta como boca oscura a la efímera existencia humana para hacernos creer su perennidad, y luego de dado ese paso iniciático olvidaría el secreto. Pero no puedo escribir eso porque ya se han descorrido las puertas de vidrio al influjo del ojo eléctrico que vigila la cercanía de los cuerpos, y ya el hombre grita desesperado mi mujer mi mujer ha roto la bolsa y el nombre completo de ella, y ya llega una nurse que intenta calmar al hombre con un “los estábamos esperando”, mientras la silla de ruedas es más rápida que la vista y se lleva a la parturienta que mira con los ojos llenos de agua esperanzada de que esa que viene con ellos nazca con todos sus deditos en manos y pies y traiga dos orejas, y una nariz chiquitita, y en la frente tenga luz.

    La carta

    Se despertó temprano, como todos los días, y miró el espejo al costado de la cama cubriendo la pared. Abrió los ojos grandes, sacó la lengua, frunció la nariz. Nada, pensó, soy la misma de siempre y sin embargo estoy muerta.
    Se levantó y arrancó, como quien oye el disparo de largada en una carrera hacia el baño, hacia la cocina, hacia la puerta. La facultad está cerca, pero ella no podía pensar en nada más.
    Se subió al auto viejo que le regalaron sus padres cuando se vino a la ciudad y tomó por la callecita que la deja sobre el río. Este río con ínfulas como las mías, carajo –pensó.
    La mano tiembla al buscar la carta. Casi arrepentida –para qué, si la sé de memoria– la encontró tirada justo entre los dos asientos delanteros. Levanta el sobre y por primera vez ve el remitente. Carlos Cualquiera. ¡Y quién mierda es Carlos Cualquiera? Cómo no me di cuenta de que esa carta no podía ser para mí, se dijo… Bueno, no lo dijo. Inspiró hondo, tanto que sintió que se mareaba, y luego largó una risa entre histérica y culpable. Y después de recuperar la apariencia de cordura decente que solía mostrar, encendió el motor del auto y sin pensarlo puso un rocanrol al mango.
    Después de toda una semana a ciegas y loca de angustia, volvió a la facultad, deseando que el siguiente fin de semana le trajeran a la beba otra vez.


    Acaso un liviano des-ahogo...

    El momento en que caí en la cuenta de que esas personas que conozco desde siempre dejarán de estar algún día, aún me escarba con su torno el pecho.
    Claro que sabía que todos hemos de morir. Pero, ellos no. Estaban antes de mí, y yo me iré y ellos seguirán ahí, como están ahí en este minuto mismo mientras escribo pensaba yo, sin saber que pensaba.

    Por eso los he amado (los he odiado) a los dos pero he dejado para dentro de unos días, para un poco más adelante algunos abrazos, algunas disculpas. Cada año que pasa dejo para más adelante un rato compartido. Porque ellos no pasan de estación y siento que sólo yo me consumo. Y este año fue como el de ayer, dejando para dentro de unos días ese momento de silencio mano propia sobre mano ajena, ese momento de ojos en los ojos para verme en ellos, y que se vieran en mí.
    Hasta ahora.
    Pero todo el tiempo que pasó no está almacenado para que pueda recuperarlo. No hay aliento para la palabra que no se dijo. Ni calor para el abrazo que no fue. Ni está el cuerpo acostumbrado al gesto de recibir y ser recibido en los brazos. No hay lugar para el silencio cómplice del cariño sereno. Persiste en la memoria (por el contrario) el sonido de la máquina de negar, chirriando desde el miedo oculto en el prejuicio, el castigo de la voz tejiendo un dibujo deforme en el que amar y odiar puede ser lo mismo.
    Y la culpa.
    Cuánta culpa cabe en mi estómago agarrotado de miedo por la pérdida que se entrevé en una madrugada próxima. Culpa por desear que terminara de una vez y para siempre esta vieja batalla entre progenitores y progenitados.
    Me rebelo contra la culpa, y ganando, pierdo muros afuera de la razón.
    Y aprendo.
    Que la culpa me seguirá por siempre, aunque no sea yo culpable sino los valores de vida con que machacaron el perfil duro de mi padre “para que fuera un hombre de bien”. Y lo es. Seguro que lo es. Pero qué carajos tenía que ver eso con el amor, digo yo. Con el amor para la flor delicada que le dio sus hijos, con el amor para sus hijos. Pero mi padre es un hombre de bien. Y tampoco él es culpable, ni su madre que lo penitenció detrás de la puerta, o de su padre que lo obligó a ser carpintero, ni de ambos que lo desgajaron del campo y se lo trajeron al Cordón…
    Es difícil no perder el tiempo hablando de la culpa.


    15 de junio de 2008


    Prisiones

    De pronto parecía tan fácil sentarse sin pensar demasiado y mirar estúpidamente el papel esperando que desde algún recóndito lugar inexplorado surgiera la inspiración para hacer aquella carta. Despedirse parecía fácil, pensaba mientras se tironeaba del lóbulo de la oreja derecha como siempre que se abstraía del lugar en el que estaba. Pero para variar, lo que había pensado estaba alejado totalmente de la realidad que como siempre le golpeaba duro.

    No había manera de decir adiós, lo único que podía hacer era irse nomás. Carajo, pensó. Es la única forma y no puedo hacerlo. Adónde podría ir. Llevaba veintisiete años a su lado, estaban unidos como la palma y el higuerón. Y uno de los dos estaba muriendo.
    Parecía fácil, o eso había pensado todos los días de ese mes, y del anterior, y creía que más atrás aún lo había pensado; cada día al levantarse, cada noche al acostarse. Así que hoy decidió sentarse enfrente de una hoja de carta, blanca y aséptica como recién salida de la tintorería. Ahora se le ocurre que es por eso que no puede usarla como usaría a un amigo para contarle qué está pasando, por qué precisa huir, salirse de una vez por todas de ese espacio cerrado en que se le convirtió la vida. Demasiada pureza enfrente para explicar este sentimiento con olor a traición, a cobardía.
    Por eso, y porque no habría quién leyera la carta.

    Hubiera querido ser leído por ella, como siempre quiso ser oído, tocado, besado por ella, como quiso que lo amara o que se enojara con él para reírse luego, como antes. Como nunca más.
    Se paró más que nada para desentumecer la espalda y caminó por la casa sin prender las luces. Para qué, si nada desde hace casi un año ha cambiado de lugar. Se conoce de memoria el orden de los discos, así que al tanteo pone uno en el aparato, y vuelve a sentarse a la mesa; allí bajo un pequeño surtidor de luz, ordena el papel y el lápiz como si fuera algo imprescindible para continuar (¿continuar? qué idea más extraña).

    El blues araña la pared y no hay forma de ignorarlo. El papel tapiz se mantiene en su lugar de puro valiente nomás, aunque se nota que está a punto del colapso. La voz ronca deshecha bajo la armónica filosa, aguijoneada por el estilete encordado de una Lucille ya vieja pero nunca afónica, se le cuelga del cuello. La dolorida (doliente) voz le aprieta fuerte los testículos, y con el lápiz en la mano casi desfallecido ya, piensa que está –otra vez– a dos segundos de rendirse como si nada, y aunque ya sea noche volver como todas las tardes del último año al hospital donde sólo queda un cuerpo que todavía palpita.


    Invocación al verano...

    Hoy fue un día distinto. Me levanté a la hora de siempre y ni bien abrí los ojos tuve esa cálida sensación que siempre me maravilla, presentándose cuando casi estoy por olvidarla o cuando menos la espero. Me bañé, y cuando fui a vestirme se me ocurrió la idea de revolver en ese estante del ropero donde "archivo" lo que no suelo usar, para encontrar algo distinto y salir de la rutina de la ropa negra; hoy quería algo colorido. El día era gris, amenazaba lluvia, y yo me había despertado en plan de opositora a las manifestaciones del clima. Qué se joda la grisura.
    Encontré una blusa con grandes flores amarillas y hojas verdes con nervaduras de tonos de azul sobre fondo rojo. Qué fea es, ahora que lo pienso. Pero hoy de mañana eso era irrelevante para mí. Puede resultar difícil comprender lo raro de la situación si no me detengo un poco en comentar que, hace mucho tiempo, tuve mi época azul (jeans y camisetas y veinte años) y luego (quince años y quince quilos más tarde) inauguré mi época "dark", que dura hasta hoy.
    Pero esta mañana el alma me pedía batallar contra la costumbre y ansiaba el escándalo. Mi hijo —aún medio dormido a esa hora— me miró con cara indescifrable, y me sentí tentada de preguntar: ¿colorida y ridícula, o simplemente colorida? Colorida y punto, sentenció.
    Cuando mi jefa me vio llegar, se permitió alzar apenitas la ceja izquierda. Antes de darle tiempo a nada le dije que aquello no era una blusa sino una Invocación a Los Locos Días de Verano, y que no tenía más remedio que usarla porque temía que el maldito invierno no se terminara de ir. Mi jefa, que es una mujer increíblemente sagaz, guardó un silencio respetuoso y aceptó mi declaración con un gesto de comprensión. Ella es la única en mi trabajo que me conoce desde mi amada época azul, así que de mis otras dos compañeras —nuevas de toda novedad, para el caso—no esperaba ningún comentario.
    Pero lo distinto, como ya dije, había empezado en el mismo momento en que me desperté. Una no sale así a la calle y pone cara de yonofuí. Por el contrario, hay que hacerse cargo y poner cara de sinotegustamirápaotrolado, o, en mi caso, ser consecuente con el impulso que te hizo romper la rutina e ir con cara de "qué bueno es estar viva". Y cuando una está haciendo uso de ese don perecedero aunque volvedor que es la alegría de vivir, oye música. Lo aclaro por si alguien tiene dudas: la música es a la alegría de vivir lo que el perfume del jazmín del cabo a las vacaciones; nunca se sabe si aquel llega porque llegan éstas, o a la inversa; lo que está claro es que son inseparables. Y cuando digo que oía música digo que iba cantando para mis adentros, tarareando cuando me olvidaba la letra de ya no me acuerdo qué canción, pero más que eso, sintiendo con todo el cuerpo el ritmo con que se alternaban las nubes y las pequeñas cascaditas de sol que se despeñaban desde más arriba de los olivos que bordean mi calle, y la armonía del viento preñado de mar en la cara.
    Me subí al ómnibus –que llegó justo a tiempo– y el guarda tenía una sonrisa amable cuando me alcanzó el vuelto, y me alegré de que fuera mujer porque pude corresponderle sin despertar suspicacias en las viejas señoras del asiento de los bobos que indudablemente se hubieran horrorizado si el guarda hubiera sido varón (y se hubieran jodido porque le hubiera sonreído igual). Y me ofrecieron asiento pero lo rechacé porque me esperaba como todos los días una jornada larga atada a una silla de escritorio pero igual aprecié el gesto, y un bebé desde los brazos de su madre contestó con sonrisas a las mías, y cuando al fin llegué al trabajo el sol había ganado la batalla y ya no caía de a chorritos sino que inundaba absolutamente todo espacio entre cielo y tierra.
    Cuando se terminó la jornada nos invitamos con mi amiga a irnos de copejas. Un par, solamente, que mañana trabajamos, dije yo. ¡A dios gracias! dijo ella. Y sentadas en el bar, mirando a la gente pasar, entrar y salir, a veces admirando la apostura de algún representante del otro género, riéndonos un poco de todo y de todos, mi amiga me cuenta que ha visto en la tele que han encontrado en el hielo un dragón bebé y su dragona madre. Y que sí, que volaban. Y que sí, que echaban fuego. Y a mí que no me importa si es cierto o no es cierto lo que dijeron en la tele, que me alcanza con el cuento para que se me erice la piel sólo de pensar que algo que escribí alguna vez y que ni llega a cuento pudiera ser cierto.
    Me tomé el ómnibus de vuelta, todavía fantaseando con Animal Planet, y mientras soñaba en alas de dragones y rocanroles setenteros —obsequio del conductor, mi eterno agradecimiento— me prometí sentarme a escribir ni bien pudiera hallar el momento, y lo hice. Como siempre con pobres resultados, pero como siempre también, no me importa, así que ahí va:

    A esta hora en la que todo se llama a silencio enciendo mi cigarrillo de escribir —ese que no pude abandonar, como tampoco dejé el de beber o el de antes de dormir— y me dejo inundar por la sensación, siempre nueva, siempre gozosa, de la alegría de estar viva. Es incómoda esta sensación, lo confieso. Incómoda como ese par de zapatos que nunca me pondré, pero que me quedaría tan bien. Esta sensación toma posesión de mí, me asalta sin dejar resquicio para ninguna otra, y es sensual, como los tacones de aguja de esos zapatos rojos. Provocadora. Levito a quince centímetros del maldito llano aunque nadie lo note, y me balanceo al ritmo cadencioso de mi propio candombe, esa íntima cuerda de tambores que me repica en la sangre y obliga a mover las caderas. Nada más —nada menos— que porque estoy viva. Qué importa que no combine con lo que llevo puesto —este casi medio siglo a la espalda—, si me hace sentir así, portadora de la capacidad de asombro, mil veces estrenado y otras mil a estrenar.
    Aunque a veces el asombro provenga del horror. Cómo repudiar este don que me hace hermana del dolido prójimo, objeto inocente de la locura de una parte de la especie humana. Cómo renegar de esta habilidad que me viene de sangre, si me llena de luz cuando el aire se vuelve dulce de jazmín o trepida en la madrugada que relampaguea. Cómo no agradecer la magia descubierta en un atardecer, irrepetible luna, cimitarra que cuelga para mí cualquier noche y despena penas con su filo plateado.
    Qué milagro disfrutar de este sentimiento, sabiendo que —al igual que la inexorable llegada del invierno— también llegará la ansiedad de su ausencia, y la consoladora certeza de que un día cualquiera, cuando menos lo espere, volverá a repetirse y me despertaré pronta para la batalla contra mí misma, dispuesta al escándalo de vivir en pleno asombro. Porque si no fuera esto así, si todo fuera sólo luz o todo sombras ¿qué ojos nos serían necesarios, y cuál la medida de la felicidad?


    15 de noviembre de 2005


    Humo nocturno

    Una noche cualquiera de insomnio como la de hoy, oigo el viento que atropella las ventanas, enciendo la luz, y me siento en la cama a escribir, con la única finalidad de acallar las voces que desgarran el silencio de mi cuarto de pensión.
    Escribo que apago la luz, hundiéndome en la tiniebla como quien desaparece en el agua oscura de un mar desconocido.
    Escribo que me acuesto sobre mi lado derecho –el corazón no se anima a soportar mi peso– oyendo el tic tac del reloj insistiendo en sincopar al viento que levanta olas de cristales.
    Me estiro, lentamente, tratando de alcanzar los límites de la cama en un vano esfuerzo por aflojarme mientras los gritos resuenan en mi cerebro.
    Me llevo las manos a la cabeza y aprieto con fuerza mis oídos; cierro mis ojos y la boca hasta que me crujen los dientes para ahogar los gritos de una vez, para que desaparezcan.
    En el momento en que la náusea quiere subir por mi garganta, elevo las piernas flexionadas hasta la altura de mi pecho. Las rodeo con el brazo izquierdo e inclino mi cabeza hasta que la mandíbula se encuentra con mi cuerpo.
    Me siento inundado por aquel olor, repugnantemente dulce. Me marea la desesperación que veo en los rostros de esa gente que nunca debió estar allí. Desfilan en ese instante las caras, las bocas abiertas al grito que sólo yo oigo, las llamas empapando los cuerpos de rojos, ocres y tizne.
    Recién cuando el otro brazo me ofrece el pulgar de mi mano derecha, la náusea parece remitir, y con ella la tentación; esa abrumadora necesidad de volver a encender los fuegos, de buscar otra vez el placer absoluto en la hoguera, paridora de criaturas salvajes, danzando sobre el telón de fondo de la oscuridad.
    Entonces, dejo de escribir, apago la luz, y recostado sobre mi lado derecho (es como mejor duermo) flexiono las rodillas, meto el pulgar en mi boca y espero otra mañana que me dé descanso hasta la próxima batalla contra el impulso que una noche cualquiera volverá a reclamar que encienda mil hogueras en la ciudad.



    Cuestión de estilo...

    La rotonda del Palacio Legislativo estaba vacía y callada hasta que llegaron. Ómnibus y camiones descargaban atropelladamente a la muchedumbre, que iba sumándose a la que llegaba de a pie. Horas antes los obreros de la construcción habían estado allí, y en ese momento quedaba sólo una carpa con algunos que cuidaban los carteles de plastillera con consignas.

    El cinturón policial rodeaba apretadamente el Palacio cuando los trabajadores del Estado arribaron a la calle vacía por el tránsito cortado. El ambiente bullicioso pero pacífico se prestaba para aprontar un mate que atemperara el frío de la tarde.
    Entró en la carpa a pedir agua para el termo. En los minutos que demoró en calentarla, todo cambió.
    Cuando salió los policías de a caballo habían dejado atrás la barrera que rodeaba el Palacio y caían sobre la multitud. Oyó los gritos y sintió el sablazo de plano en la cabeza. Con el termo roto a raíz del golpe recibido arrojó el agua hirviendo hacia el caballo del milico. Y sin pensarlo, también disparó el termo contra la parte de abajo del capicúa.
    Corrió con la gente esquivando sables y palos.
    La multitud se desboca, desconoce el “repliegue ordenado” que en ese momento no es más que una entelequia teórica. Una compañera tropieza delante de ella, se inclina, le pega un tirón de la campera casi ya en el suelo, y levantándola con un esfuerzo profundo se apoyaron las dos contra la alambrada del edificio anexo que seguía en construcción por aquellos años. Sin poder hurtar el cuerpo quedaron, por un minuto interminable, a merced de la locura hasta que pudieron zafarse sin explicarse cómo.
    Dos horas más tarde los informativos la mostraban, en un primer plano televisivo, descargando el termo sobre el caballo. Nada del sablazo previo. Se tocó la cabeza calibrando el daño y el dolor le atenazó el brazo.
    Remangándose con cuidado descubrió cuatro franjas de un morado subido, huellas dolorosas de golpes que al calor del momento ignoró y que venían a recordarle que el termo y el mate no están bien vistos en las manifestaciones.


    Día de festejo

    Bajó del ómnibus y le dio otra vuelta al chal. La noche mojaba su abrigo con una llovizna floja. No había nadie en la calle. Costaba andar rápido por aquel camino sin terminar, con el pedregullo lastimando sus pies a través de la suela de los zapatos, eludiendo charcos. Y la respiración, claro. Sesenta cigarrillos diarios no le hacen ningún bien al cuerpo. Debo dejar de fumar, se dijo. Algún día. Metió la mano en el bolso y prendió un cigarrillo. Cruzó la calle y lo vio.
    texto completo
      >En la oscuridad la figura del hombre apenas se adivinaba. Supo que era él por la manera que tenía de acomodar el cuerpo contra la pared, buscando pasar inadvertido para el resto.
      Ya en la puerta sacó las llaves del bolsillo y mirando para los costados, entró. Hacía tiempo que no se preocupaba por la presencia casi permanente del hombre contra la pared. Caminó a oscuras atravesando la sala y en la cocina prendió la luz. Los platos sucios sobre la mesada la enfermaban. Los cubrió con el repasador y se sentó, sin sacarse el abrigo todavía. La pequeña mesa contra la pared estaba vacía. En la otra silla dejó el bolso y el chal, después de dejar a mano los cigarrillos y el encendedor.
      Levantó los brazos como para alcanzar el techo, doloridos todos los músculos de la espalda y el cuello. Movió en círculos la cabeza, y recién entonces, después de un suspiro largo, se quitó el abrigo. Miró otra vez la pila de platos bajo el repasador y volvió a suspirar con resignación. Prendió otro cigarrillo y se levantó, desganada. Maldijo por enésima vez la canilla rota, se acercó a la cocina y puso agua a calentar. Odiaba las tareas domésticas. Lo único que hacía con cierto placer era cocinar. Pero hoy tampoco tenía ganas de hacerlo. Con un café para entrar en calor alcanzaría.
      Después de ordenar los platos ya limpios en el escurridor, subió las escaleras con la taza en la mano. Su cuarto era pequeño, apenas si entraba una cama, la mesita de luz, dos estantes donde acumulaba los libros que estaba leyendo o había terminado recientemente, y la computadora. Por la ventana aparecían las ramas de los árboles atormentadas bajo la llovizna y el viento, golpeando los cristales. ¿El hombre seguiría allí, en la calle? Antes de cerrar las persianas se asomó. Había desaparecido, igual que siempre. Había dejado la puerta sin cerrar con llave y mientras bajaba tanteando la pared para no tropezar, recordó sus viejos temores y se sonrió. Ya había abandonado la idea que durante algún tiempo la inquietara. Al principio, cuando empezó a verlo en la esquina, o como hoy cerca de su puerta, había tenido miedo de que el hombre estuviera por robarle, que quisiera entrar para llevarse lo poco que tenía. Pero había pasado el tiempo y no parecía que alguna vez eso fuera a suceder.
      Sentada en la cama se sacó los zapatos húmedos. Se puso las viejas pantuflas y en el baño abrió la ducha, como para que el vapor calentara el ambiente. Se fue desnudando mientras su cara se reflejaba cada vez menos en el espejo empañado. En dos pasos estuvo bajo el agua. En diez minutos ya estaba fuera, cubriéndose con la toalla. Sobre la mesita de luz había olvidado el café y un cigarrillo, consumido casi hasta el final. Hizo a un lado la ropa que en un montón desordenado ocupaba el baúl que hacía las veces de asiento frente a la máquina, se sentó y prendió otro cigarrillo. Con la cabeza apoyada en una mano entrecerró los ojos para jugar, con las formas del humo y el reflejo de la luz. Era un buen juego. No le exigía más que el pequeño esfuerzo de entornar los ojos e imaginar.
      Era mejor que el juego que debía practicar en la oficina. Allí le exigían más que eso. El juego de hacer de cuenta.
      Hacer de cuenta que el informe lo había redactado Cristina cuando en realidad lo había redactado ella. Hacer de cuenta que las fotocopias esas, las que habían quedado mal, las había sacado ella en vez de Jorge. Hacer de cuenta que a ella no tenían que importarle esas cosas pues estaba sola, y casi para jubilarse. Cristina era mucho más joven, tenía hijos, necesitaba afirmarse en el puesto. Jorge tenía una familia que mantener. Ella no tenía a nadie. Bueno, casi a nadie.
      A veces se lo tomaba con calma. Después de todo, tenía su casa y, como decían sus amigas, una vida hecha. Otros días, como el de hoy, por ejemplo, debía contenerse para no gritar. Hoy era uno de esos días en que le encantaría preguntar qué mierda significaba tener una vida hecha.
      El cigarrillo casi le quema los dedos. Lo apagó descuidadamente y decidió prender la computadora.

      El cielo tenía un color desacostumbrado. Lo había visto rosado, otras veces casi llegando al violeta. Hoy era amarillo, con pinceladas en tonos anaranjados. Donde el cielo casi tocaba tierra tenía un fuerte color rojo.
      Se movió despacio. El borde del vestido al rozar con la arena ofrecía cierta resistencia, provocando un leve murmullo apenas audible. Nunca acertaba con la ropa. Era hermosa, como siempre, pero inapropiada. Se sacó los zapatos para caminar mejor y recogió el ruedo del vestido para no estropearlo. El aire era tibio y pensó que olía a jazmín. Sin embargo, no había plantas a la vista. Ni una pequeña brizna de hierba. La arena era suave, fresca. Formaba dibujos crípticos sobre el espacio que podía abarcar con la mirada. Un mandala gigante, se dijo. Avanzaba sin dirección, pues daba lo mismo. Lo que hubiera que encontrar aparecería aunque ella no se esforzara para hallarlo.
      Lo vio aparecer, de la misma forma en que se ve a lo lejos la reverberación del calor en una carretera, medio flotando, medio caminando sobre la arena. Apuró un poco el paso, más por reflejo que por la convicción de que, haciéndolo, podría alcanzarlo. Estaba segura de que era él, aunque no podía verle la cara todavía. En realidad, nunca lo había visto de cerca. Lo reconocía por su forma de aparecer de la nada, la levedad con que parecía que se le acercaba.
      El cielo fue oscureciéndose. Pasó del amarillo al marrón sin que se diera cuenta. Ninguna estrella, ninguna luna. Sólo oscuridad, silencio y a lo lejos la figura, brillante ahora, desplazándose suavemente.

      Cuando sintió el despertador se levantó rápidamente. El ruido siempre le provocaba una sensación de alarma que no desaparecía hasta un buen rato después de haber apagado la vieja radio reloj. Se prometía siempre que cambiaría ese sonido, quizá por algún programa que la despertara con música y no con ese horrible pitido insistente. Pero siempre olvidaba hacerlo. Luego de la rutina del baño se vistió y bajó a preparar café. Se había despertado en medio de un extraño sueño. Cristina y Jorge eran sus jefes y la proponían para gerente de la empresa. Estaban en un escenario al que había llegado subiendo unas tremendas escaleras, y cuando miró hacia abajo para saludar al público, se dio cuenta que no había nadie. Justo cuando le iban a dar el premio, un estruendo la despertó.
      Miró por la ventana, apenas corriendo la cortina, con la intención de hacerse una idea acerca de qué la esperaba afuera. Lo mismo de todos los días. El mismo cielo gris, el mismo frío. Las mismas caras que pasan a esa hora. La misma rutina. Así que hizo lo mismo de todos los días antes de salir: buscó un disco que le levantara el ánimo. Dejó que Glen Miller llenara la casa mientras prendía su primer cigarrillo del día y se tomaba el café.
      Hoy debiera ser un día distinto, se dijo. Los cincuenta años se le habían venido encima sin darse cuenta. Cincuenta años... Nunca se le ocurrió escribir una lista de las cosas que todavía quería hacer. Ni de las que ya había dejado atrás sin concretar. Cuando volviera haría el experimento. A modo de balance o a modo de disculpas. Todavía no lo sabía.

      Como siempre, cuando ella llegó, ellos aún estaban por aparecer. Cristina estaría saliendo recién. De Jorge podía esperarse que llegara en la tarde. Siempre tenía alguna excusa. Pero tenía también buen olfato para estar cerca de los teléfonos cuando llamaban los de arriba. Corrió todas las cortinas, vació la papelera de su escritorio y ordenó lo que había quedado pendiente del día anterior.
      Se sentó con las carpetas de Notas Entradas y Notas Salidas por delante, y en un costado de la mesa apiló el papel que debía archivar en ellas. A su izquierda, la computadora apagada era una puerta cerrada. Nunca antes había pensado en ella así. Una puerta cerrada que ella podía abrir siempre que quisiera.
      Ordenar mecánicamente las notas le permitía pensar. Le gustaba dejarse llevar sin orden ni guía por los laberintos que su mente le proponía.
      Empezar, por ejemplo, con que es temprano todavía. Llegará primero Cristina y habrá que escucharla, pobre... Luego Jorge. Con él es más difícil. Lo primero que hace es sentarse sobre el escritorio sin importar el desorden que causa con su mala costumbre. Y enseguida mirará la pantalla para ver “¿a qué estás jugando hoy?”. Si ya no había aprendido, nadie podría enseñarle jamás lo que significaba la privacidad, o el orden de los otros, o el respeto por las cosas de los demás. Eso la ponía fuera de sí, y tenía que hacer serios esfuerzos para no gritarle que era un pendejo de mierda. Se sorprendió pensando en él como “el pendejo”. Había ido, sin saber cómo, tomándose libertades con el lenguaje, como decía su madre. Pero sólo lo hacía para sí. Nunca se hubiera atrevido a decírselo en plena cara. Abrir grande los ojos y con la boca llena de bronca gritarle ¡sosunpendejo!
      La imagen de sí misma en pleno grito le produjo una carcajada que disimuló con una tos al aparecer Cristina. Primero oyó los zapatos de Cristina taconeando por el pasillo, luego olió el perfume de Cristina que la anunciaba invadiendo el aire, y después, la voz de Cristina en un tono más alto del que le hubiera gustado. Retrasó todo lo que pudo la acción de ver a Cristina, pero no levantar la cabeza por más tiempo hubiera sido descortés.

      Sonreía con esa mirada satisfecha que daban ganas de preguntar de qué, la cabeza llena de rulos, los ojos chorreando pintura, la ropa negra en varios tonos: negro ratón, negro amarronado, negro usado casi gris.
      —Hola corazón, ¿cómo estás? –y sin esperar contestación alguna –Ando con un dolor de cabeza... Ayer no me dejaron dormir los de al lado. Tenían una pelea de órdago. O hacían el amor, yo qué sé. Viven a los gritos, ¿sabés?
      A estas alturas, ella sabía que lo único que tenía que hacer era asentir cada tanto, quizá esbozar alguna sonrisa como para fingir que estaba allí, pero que podía desconectarse perfectamente. Nunca podría ocurrírsele que no estaba siendo escuchada, o que su interlocutor también tuviera algo para decir.
      Le pareció que el parloteo continuaba un poco más, pero al levantar la cabeza nuevamente, la vio sentada en su escritorio con el sobre de las pinturas abierto encima de la mesa y el espejito en la mano. Ya está, pensó. Por un rato habrá silencio.

      Cristina era una mujer joven, con un marido taxista y dos hijos chicos. Vestía de negro porque la sabiduría popular dice que “adelgaza”. Para ser feliz hay que pesar 55 kilos. No importa la edad, ni la altura, ni la complexión física. 55 kilos y ni uno más. Muchas veces se preguntó quién le habría dicho eso a Cristina. Porque en realidad, era una linda mujer que si hubiera pesado los 55 kilos que ambicionaba se hubiera parecido más a una calavera gorda que a un ser humano. Había aprendido hace tiempo a no llevarle la contraria. No podía competir con los mensajes que bombardeaban aquella cabecita enrulada. Así que vivía a dieta. Todos los días una nueva. La de la luna, la del café, la de Favaloro, todas las que llegaban en algún momento a sus manos.
      Se vio a sí misma, con 20 años menos. Trató de recordar si el famoso tema de las dietas le había ocupado tanto tiempo. No consiguió acordarse. Pero no descartó que ella también hubiera sido así. Había aprendido que a veces la memoria juega malas pasadas (o buenas, según se viera) evitando recuerdos o retocándolos.
      Las cosas que le habían importado hace años habían dejado de tener el mismo valor, y al ir perdiéndolo, fueron desapareciendo de su memoria. Sí. Bien podría haber sufrido hace 20 años como hoy sufría Cristina, mirándose en todos los lugares que reflejaban su imagen, metiendo la panza para dentro, desconforme consigo misma.
      ¿Cuándo habría dejado de preocuparse por estar delgada? ¿Cuándo había empezado a creer que lo importante era como una se sentía?
      Le vino a la memoria la imagen de una mujer que había visto quién sabe cuándo, gorda de veras, con esa amplitud en todas direcciones que tanto temía Cristina, y recordó lo hermosa que le había parecido. Llevaba un vestido suelto, floreado y con volados en el ruedo. Si lo pensaba bien, era ridículo que una mujer de aquel tamaño se hubiera puesto eso encima. Sin embargo, caminaba con el porte de una reina. Se veía convencida de su belleza. Y por eso, convencía.
      Por lo menos esa era la impresión que había dejado en su memoria y así seguía viéndola. Como una bellísima mujer.

      Los papeles habían desaparecido dentro de las carpetas, casi sin esfuerzo. Había estado tan ausente del acto de archivar que estuvo tentada a revisar todo, por si se hubiera equivocado. Descartó inmediatamente la idea. No tenía sentido ponerse a revisar algo que nadie volvería a utilizar. A punto estuvo de lamentarse por las horas perdidas en esa oficina pero frenó lo que sabía que era un espiral de proporciones gigantescas, empezar por lamentar las horas perdidas y seguir por lamentar los días desaprovechados y continuar con los meses que se iban y los años, y la vida, y...
      Encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana para abrirla un poco, antes de que Cristina rezongara. Reconocía que en eso tenía razón, nadie tenía la obligación de soportar su vicio.
      Y lo vio. La sobresaltó verlo allí. Se había acostumbrado a verlo en el barrio, en su vereda, luego al lado de su casa. Pero nunca lo había visto a esa hora y frente a la ventana de la oficina. Tenía que ser él, sin ninguna duda. El mismo manchón gris de su gabán contra la pared de enfrente. Las manos en los bolsillos, la mirada en cualquier lado, menos en la ventana desde la que ella lo miraba. Pensó que quizá debería ponerse nerviosa, hacer una denuncia por acoso o algo así.
      O por qué no, hablarle y salir de dudas. Cuando sintió que Cristina empezaba a toser apagó el cigarrillo por la mitad y volvió a sentarse.

      —Estás rara hoy, María de las Mercedes. ¿En qué andás pensando?
      Cómo odiaba que le dijeran María de las Mercedes. Era tan fácil decirle Mercedes, Merce, Merceditas, Mecha. Pero no. Cristina insistía con propinarle el nombre completo que sus padres le habían colocado como quien rotula un frasco con un medicamento peligroso. María de las Mercedes. Le había dicho que parecía nombre de teleteatro, que sonaba falso, que a ella no le gustaba que le dijeran Cristina Fernanda y nunca la molestaba diciéndoselo. Pero Cristina era así. Irracional. Irrespetuosa. Irresponsable. Irritante. Casi se ríe otra vez mientras pensaba en todas esas palabras. Casi se ve obligada a disculparse por lo que la otra podía haber tomado como burla. Y sin querer, se dio cuenta que Cristina tenía razón. Estaba rara.
      Ayer, o anteayer, o el mes pasado se hubiera tomado el trabajo de explicarle que no le pasaba nada, que simplemente cumplía años y que no sabía aún si sería conveniente festejarlo. O que estaba viendo más seguido al desconocido de la puerta.
      Pero hoy no estaba dispuesta a explicar nada. Que pensara lo que quisiera. Además, Cristina no estaba esperando una respuesta. Ya había cambiado a otro tema. Los problemas con Eduardo consumían buena parte de su tiempo y del que se dispusiera a escucharla.
      Mercedes la entendía, pues había pasado por lo mismo. Lo que pasa es que no tenía sentido prestarle mucha atención, porque de hacerlo, se sentía obligada a opinar, y Cristina no comentaba sus cosas buscando consejos sino desahogarse, simplemente. Para ella la vida estaba bien así. No podía ser de otra manera. Las mujeres sufren por sus maridos cuando los tienen, y si no tienen, sufren por encontrarlos. Y con los hijos es igual. ¿Para qué está la mujer sobre la tierra si no es para parir? Y cuando tiene hijos, ¿no ha de sufrir por ellos? ¡Claro que sí!
      Había aprendido la lección con cierto dolor. Un día mientras Cristina lloraba porque Eduardo le había “puesto la mano encima”, le había dicho que lo dejara inmediatamente, que ya se arreglaría ella sola para salir adelante con los chicos y que cualquier cosa sería mejor que ese espectáculo para ellos, su padre maltratando a su madre. No podía permitir que volviera a suceder. En esa oportunidad, Cristina la había mirado con los ojos redondos y, detenidas las lágrimas y el último puchero luego de superar el momento de asombro le dijo: “¿Estás loca, María de las Mercedes? Yo lo quiero a Eduardo, y él me quiere. Son cosas del momento, nada más”. Se mordió la lengua y prometió en silencio nunca más opinar. Y había cumplido a rajatabla. No habían vuelto a discutir el tema, y había sido lo mejor para las dos.
      A veces Mercedes recordaba su propia vida con el padre de sus hijos y todavía dolía. Así que, cuando Cristina agregaba el Fernanda a su nombre por la vía de relatar su propia vida en capítulos “teleteatrales”, Mercedes bajaba la cortina del pensamiento y dejaba su cara allí, con una expresión de atención más o menos convincente mientras su imaginación viajaba lejos de la oficina.
      Puso agua en la cafetera y enjuagó el filtro volviéndolo a llenar. Estaban ya a media mañana y si no tomaba otro café le resultaría difícil mantenerse despierta, esperando a que Cristina terminara con el capítulo de hoy y empezara a poner en orden su trabajo para poder revisarlo. Prendió otro cigarrillo y cuando Mis Lágrima Oriental puso cara de ahogo aprovechó para salir al pasillo, con la excusa de no molestarla con el humo. Desde la puerta de la oficina se veía la calle. A diez metros quedaba la puerta de entrada y por el rectángulo iluminado pasaba la gente apurada. Creyó verlo otra vez, pero no podía ser. Para verlo debía haber tenido los lentes puestos, pues sin ellos lo único que veía era figuras difusas, y no los llevaba con ella. Fue como un chispazo alimentado por la imaginación y el aburrimiento. Sintió la voz de Cristina avisándole que el café ya estaba pronto, y entró.
      Sirvió dos tazas y le pasó una a Cristina, “sin azúcar, María de las Mercedes, porque engorda”. Y mientras lo decía, desplegaba sobre el escritorio donde antes había estado el repertorio de cosméticos, un lindo mantelito individual donde acomodó dos sandwiches de pan negro, una manzana y un caramelo ácido, tal como mandaba la dieta de turno.
      Se llevó el suyo, con bastante azúcar, y se enfrentó a la pantalla vacía. Debía consultar cotizaciones, convenios laborales, montañas de información a deglutir, para regurgitarle a Jorge cuando llegara.
      Prendió la máquina y esperó, pacientemente, a que la vieja lata se pusiera en marcha.

      Las hojas volaban en suaves remolinos dispersándose, multicolores como pájaros exóticos, y caían sin ruido sobre la hierba. Rojas, amarillas, azules veteadas de tonos turquesas, negras con nervaduras lilas. Levantó los ojos para ver los árboles y se sorprendió al no hallarlos. Las hojas parecían caer del cielo sin haber brotado de ninguna rama. La luz dorada que iluminaba el espacio abierto tampoco tenía una fuente visible en el cielo. Simplemente estaba allí. Hacia su izquierda en el pasto había una mesa baja, y sobre ella copas, una botella, un libro de tapas verdes y un reloj. Alrededor de la mesa había almohadones distribuidos descuidadamente. Cuando dio el primer paso en dirección a la mesa notó la frescura levemente áspera de la hierba. Se miró los pies; estaba descalza. Desnuda, sería más correcto decir. No tenía nada cubriéndola. Sin embargo, no sentía vergüenza. Estaba absolutamente cómoda. Libre.

      —¿Viste? Ya le pregunté y no se molestó en contestar.
      Mercedes alzó la cabeza sobresaltada por la voz de Cristina. Jorge la miraba, entre risueño y asombrado.
      —¿Volviste? Casi tuve que sacudirte para que me saludaras. ¿Llamó alguien mientras yo no estaba?
      Los ojos de Jorge no se apartaban de Mercedes. Preguntaba por el teléfono, pero sus ojos preguntaban más.
      —Es mi cumpleaños y ando medio ida. No hay de qué preocuparse.
      Cristina se levantó rápidamente, la abrazó fuerte, casi con bronca, le pegoteó un poco de labial en la mejilla, y gritó: “María de las Mercedes, no te da vergüenza cumplir años” y luego de una pausa imperceptible agregó “¿sin decirnos nada?”
      Siempre le había resultado difícil a Cristina no estar en el centro de la atención de los presentes. Mercedes se lo pensó muy bien, y con un esfuerzo extraordinario dejó pasar sin contestarle como hubiera tenido ganas.
      Se movió un poco a la derecha, como para indicarle a Jorge que se parara, pues como de costumbre, se había sentado encima de su escritorio, las piernas estiradas, encerrándola entre la computadora y la pared.
      —Nadie ha llamado todavía. Seguro que están esperando tu llegada –se sonrió.
      —Bueno, a ver, cómo es eso de tu cumple. ¿Festejaremos cuántos años, si se puede saber?
      —Cincuenta y contando. En cuanto al festejo... Ya tengo planes, y no tienen que ver con la oficina precisamente –mintió.
      La actitud de Jorge siempre le había molestado. Usaba ese tonito que pretende ser seductor con cada mujer que se le ponía adelante. Lo hacía sin intención, y Mercedes lo tenía claro. Era parte de la personalidad “ganadora” que se había creado. Lástima que quizá fuera tarde para encontrarlo debajo de toda esa impostura. El macho de la oficina cargaba treinta y siete inmaduros años.
      De alguna manera, Cristina y Jorge se parecían. Ambos vivían pendientes de su figura, corriendo detrás de un concepto de éxito absolutamente superfluo, despreciando las cosas importantes. Mercedes estaba segura de que ellos creían que la merecedora de lástima era ella, y algunas noches en casa, repasando alguna jornada especialmente molesta, esa certeza le había parecido una guiñada que la vida le hacía para que se riera.
      Cristina presenciaba el diálogo de Mercedes y Jorge con cierto aburrimiento. Estaba segura de que María de las Mercedes no tenía ningún plan. Cuando se llega a esa edad, poco queda para hacer. Además, con quién podría tener pensado pasar el cumpleaños, si nunca había comentado nada. Ojalá nunca llegara a los cincuenta. O por lo menos, llegar así como había llegado la vieja. Sola, los hijos lejos, ningún hombre con el que compartir la cama...
      Lo cierto es que a María de las Mercedes no parecía importarle demasiado. Eso era difícil de creer, pero así era. Muchas veces se había preguntado si ella podría vivir sin Eduardo. Era difícil, claro, soportar su malhumor, pero preferible sin dudas a despertarse sola en las mañanas. Además, cuando se peleaban, si la discusión había sido dura, la reconciliación era siempre de película. En los cinco años que estaban juntos nunca se había sentido tan deseada como cuando él la abrazaba después de una pelea fuerte. A veces, cuando pasaban muchos días sin tener relaciones, hasta ganas le venían de pelear nada más que para sentir la desesperación de Eduardo por arreglar las cosas en el único lugar que sabía hacerlo, en la cama. No lo hacía, claro. Sabía que, en esos momentos y frente a la locura desatada de Eduardo, la pregunta que siempre surgía era la misma: ¿Por qué me pasa esto a mí? Y no tenía respuesta. Era una sensación bastante rara, pero así eran las cosas.
      Cuando sus padres se peleaban, ella y su hermana se apretaban juntas en el cuarto de al lado, como protegiéndose. Papá nunca le pegó a mamá, pero qué miedo nos daban sus gritos. Estábamos como pendientes de los ruidos, hasta que sólo se oían murmullos y el ruido de la cama. Era el momento para volver cada una a su lugar, tranquilas de que la tormenta hubiera pasado. Esos episodios habían quedado ocultos bajo un montón de recuerdos pero a veces salían a la luz. Como ahora, que pensaba en la cama vacía de María de las Mercedes.

      —De ninguna manera te vas sin que festejemos –decía Eduardo—Ahora mismo pido algo por teléfono y, por lo menos, hacemos una “merienda compartida”, como en el jardín. Porque estás llegando a la segunda infancia, ¿verdad?
      Mercedes lo miró pensando una contestación apropiada, pero Cristina le ahorró el esfuerzo. “Bueno, algunos no han pasado de la primera pese a la edad biológica” y, sin dar lugar a nada más, se sentó frente a su mesa.
      Jorge ni se molestó en retrucar, para él era todo juego. Fue hasta su escritorio y empezó a mover papeles, buscando los datos que Mercedes debía haberle conseguido.
      —Si estás buscando los informes, aún no los tengo prontos. Dame un poco de tiempo, ya sabes, las señoras en edad senil a veces estamos en la luna.
      Él levantó la cabeza y la miró. Hace tiempo que estás senil, pensó. Sonrió como si no supiera de qué le hablaba Mercedes y le contestó: “Tomate tu tiempo, hoy estás de festejo”.


    Contra Natura

    En estos días tengo la sensación de que algo no funciona bien conmigo. Este lugar tiene una vista que impresiona, quizá sea eso.
    Se ven tantas cosas que pueden llegar a marear. Eso sin tomar en consideración lo que se oye cuando ascienden los gritos de júbilo o de dolor; conversaciones donde se traman males futuros o se discuten remedios posibles. A veces es un murmullo salpicado de risas o lamentos. Eso sucede, casi siempre, cuando a los de allá abajo les llega la noche.

    ....... Los que pasan a mi lado miran distraídos el panorama y siguen su camino, parece que no se dan cuenta. Cuando alguno se detiene, nada indica que la vista lo inquiete como a mí. Lo hace el tiempo suficiente como para distinguir a alguien especial entre la multitud, y enseguida sigue su camino. He pensado que quizá es por eso; es poco el tiempo que se toman para ver y oír; para conocer en su misterio el carácter perecedero del tiempo que aquellos otros tienen.
    ....... Yo sí me conmuevo.
    ....... A veces trato de no mirar con detenimiento las figuritas que se mueven allá abajo. Pero las veo aunque no me lo proponga, cumpliendo sus breves rituales para soportar mejor sus pérdidas. Veo sus festejos, a veces inexplicables para mí. Por más que los observo sigo sin comprender del todo qué motivo tienen para festejar el inicio de una vida. Eternamente asombrado de ver cómo se duelen ante la muerte.
    ....... Hace tanto que miro desde aquí que adivino sus conflictos. Me los sé de memoria. Tres cosas -creo que no hay más- provocan en ellos miles de alegrías y amarguras: el Poder, el Amor, y la muerte.
    ....... Lo he conversado con los más cercanos a mí. Pero he desistido ya, aburrido frente a la misma actitud. Ésa que tienen cuando trato de exponer mis dudas, mis inquietudes; cuando arriesgo alguna opinión. Me miran serios, silenciosos. Sé que detrás del silencio y de sus rostros imperturbables lo que hay es, en el mejor de los casos, desconcierto.
    ....... A veces he visto asomar el horror a sus ojos. Están convencidos de que nuestra existencia es envidiable y les cuesta aceptar otra visión.
    ....... Nunca han sentido algo así, supongo, y no saben cómo ayudarme.
    ....... Hay quienes se han atrevido a ofrecerme una alternativa, algo en qué ocuparme, una terapia, como dirían los de abajo. Pero al notar mi rechazo han renunciado. El cuidar de un desvalido no es solución para mí. Por más que miro, no encuentro a nadie que se ajuste a esa categoría y eso es algo que también pesa en mi contra. Me dicen que todos los que están allí abajo son desvalidos.
    ....... Mi ceguera –según los proponentes, claro– no me permite identificarlos. No se dan cuenta que sólo yo cumplo con los requisitos para estar en esa categoría. No entienden que yo soy el desvalido. El desconsolado. Por el contrario, los minúsculos seres que veo, son privilegiados para mí. Todos ellos, sin excepción.
    ....... Después de tanto tiempo de observarlos estoy a la espera –sin aburrirme, más bien con un interés enfermizo– de que nazca alguno que pueda contar dentro de esta categoría en la que creo ser el único. Pero sé que es una espera estéril. Por su propia esencia ninguno habrá que se sienta como yo. Ninguno con este oscuro anhelo.
    ....... En estos días en que la sensación de no encajar en el esquema universalmente aceptado me corroe, repaso mis argumentos. Probablemente, insistir en ello me hace más difícil entender los de los otros y, como siempre, termino dándome la razón.
    ....... Me dicen los que se han dignado a responder: “Mira cómo sufren, cómo corren detrás de ilusiones perdiendo los mejores años de su vida. Mira cómo buscan destacar, dominar, prevalecer. ¿No ves que deben correr, cada día, detrás del sustento diario? ¿Te olvidas de cómo paren con dolor, cómo se agostan a la espera de la felicidad que no hallan? Mira cómo lloran por amores que nunca tuvieron oportunidad de ser. Cómo mueren”.
    ....... Los ojos de los más circunspectos entre mis iguales se congelan cuando me oyen decir que vale la pena sufrir si hay esperanza de gozo. Que las lágrimas que derraman los de allá abajo son, precisamente, un instrumento necesario para disfrutar del valor la sonrisa. Que cada día de fatiga los acerca a su destino.
    ....... Pues sólo es deseable vivir en la certeza de la muerte que a nosotros, sin piedad, nos ha sido negada.


     
    Plantilla modificada por mí basada en la minima de blogger. La foto del header también es mía.