Escaleno I

Texto referido a Canarios de Yasunari Kawabata

I

“Seguramente nunca tendrás que ver mi cara mientras alimento los pajaritos inocentes. Pero si la vieras te darías cuenta del dolor que me causaste.
Hace una semana llegó trayendo estos tristes pájaros y los dejó sobre la mesa de la cocina, como quien se olvida de un paraguas en el ómnibus. Y sé que se los diste tú. El día que resolviste no verlo más yo estaba enfrente de ustedes, por casualidad mirando la amplia ventana detrás de la que estaban sentados uno frente al otro, y vi tu cara, tu expresión casi de desprecio. Por causalidad me detuve allí, esa tarde de calor, deseando un refresco antes de volver a casa. Por casualidad y por desgracia.
Cuánto mejor hubiera sido no haberlos visto.
Pero los vi, y viéndolos entendí esos meses en los que viví atormentada por el esfuerzo de entender qué le pasaba, por qué razón iba constantemente del ánimo festivo y creador a la apatía absoluta. Qué le había hecho yo para que evitara mi mirada algunas mañanas cuando nos enfrentábamos en el desayuno, o la ostensible espalda que me presentaba noche tras noche. Cuánto tiempo estuve tratando de analizar cuál de mis palabras o actitudes lo habían herido. ¿O habría dejado de quererme? Y más importante aún: ¿por qué?
Supe en ese momento que, de allí en más, helada serían la mesa y la cama. Y que si había dejado de quererme era inútil preguntar por qué. Qué supuso él cuando cedió a tu amor, o quizás te asedió hasta conseguirte. ¿Supuso acaso que la casa adonde volvía todos los días seguiría intocada?
Así que volví y casi en el mismo momento en que me puse a llorar, fuera de la vista de la calle concurrida, decidí no hacerme cargo de tu culpa y la de él. Allá ustedes. Decidí que seguiré viviendo como hasta ese día, pero teniendo en cuenta que nada de lo que tengo es para siempre, y que no soy dueña de conservar nada por propia voluntad. Nada, fuera de estos pájaros tristes que terminaron sobre la mesa de mi cocina. Y los conservaré vivos, porque son inocentes, porque dependen de mí y porque me recordarán mientras estén vivos que no tengo más nada que a mí misma”.


No precisó imaginar la frustración que habría sentido cuando pese a saber que era imposible hacerle llegar la esquela a la otra mujer por desconocerlo todo de ella, no pudo (o no quiso) refrenar la necesidad de escribirle. Dobló con cuidado el papel manchado por la humedad y, junto a los otros restos, lo puso dentro antes de cerrar el ataúd.

II

A veces recuerdo aquel hombre con el que salí alguna vez, y todavía me enferma su actitud. Volvió ahora a mi memoria mientras leía el cuento de Hemingway. Regalar canarios, como le dije aquella vez que lo dejé en aquel bar para no volverlo a ver, no es lo más apropiado. Pero quería obligarlo a pensar en alguien más que no fuera él mismo. No sé todavía por qué se me ocurrió que aquello podría enseñarle a ocuparse de otra vida. No sé tampoco si sirvieron para eso. Quizás fui más que cruel con aquellas miniaturas vivientes, y las dejó morir sin prestarles atención. Probablemente su mujer lo haya despedido con canarios y todo. Eso he pensado con el tiempo. ¿Quién podría soportar convivir con un hombre que sólo precisa a alguien a su lado que viva para admirarlo?







Día de festejo

Bajó del ómnibus y le dio otra vuelta al chal. La noche mojaba su abrigo con una llovizna floja. No había nadie en la calle. Costaba andar rápido por aquel camino sin terminar, con el pedregullo lastimando sus pies a través de la suela de los zapatos, eludiendo charcos. Y la respiración, claro. Sesenta cigarrillos diarios no le hacen ningún bien al cuerpo. Debo dejar de fumar, se dijo. Algún día. Metió la mano en el bolso y prendió un cigarrillo. Cruzó la calle y lo vio.
texto completo
    >En la oscuridad la figura del hombre apenas se adivinaba. Supo que era él por la manera que tenía de acomodar el cuerpo contra la pared, buscando pasar inadvertido para el resto.
    Ya en la puerta sacó las llaves del bolsillo y mirando para los costados, entró. Hacía tiempo que no se preocupaba por la presencia casi permanente del hombre contra la pared. Caminó a oscuras atravesando la sala y en la cocina prendió la luz. Los platos sucios sobre la mesada la enfermaban. Los cubrió con el repasador y se sentó, sin sacarse el abrigo todavía. La pequeña mesa contra la pared estaba vacía. En la otra silla dejó el bolso y el chal, después de dejar a mano los cigarrillos y el encendedor.
    Levantó los brazos como para alcanzar el techo, doloridos todos los músculos de la espalda y el cuello. Movió en círculos la cabeza, y recién entonces, después de un suspiro largo, se quitó el abrigo. Miró otra vez la pila de platos bajo el repasador y volvió a suspirar con resignación. Prendió otro cigarrillo y se levantó, desganada. Maldijo por enésima vez la canilla rota, se acercó a la cocina y puso agua a calentar. Odiaba las tareas domésticas. Lo único que hacía con cierto placer era cocinar. Pero hoy tampoco tenía ganas de hacerlo. Con un café para entrar en calor alcanzaría.
    Después de ordenar los platos ya limpios en el escurridor, subió las escaleras con la taza en la mano. Su cuarto era pequeño, apenas si entraba una cama, la mesita de luz, dos estantes donde acumulaba los libros que estaba leyendo o había terminado recientemente, y la computadora. Por la ventana aparecían las ramas de los árboles atormentadas bajo la llovizna y el viento, golpeando los cristales. ¿El hombre seguiría allí, en la calle? Antes de cerrar las persianas se asomó. Había desaparecido, igual que siempre. Había dejado la puerta sin cerrar con llave y mientras bajaba tanteando la pared para no tropezar, recordó sus viejos temores y se sonrió. Ya había abandonado la idea que durante algún tiempo la inquietara. Al principio, cuando empezó a verlo en la esquina, o como hoy cerca de su puerta, había tenido miedo de que el hombre estuviera por robarle, que quisiera entrar para llevarse lo poco que tenía. Pero había pasado el tiempo y no parecía que alguna vez eso fuera a suceder.
    Sentada en la cama se sacó los zapatos húmedos. Se puso las viejas pantuflas y en el baño abrió la ducha, como para que el vapor calentara el ambiente. Se fue desnudando mientras su cara se reflejaba cada vez menos en el espejo empañado. En dos pasos estuvo bajo el agua. En diez minutos ya estaba fuera, cubriéndose con la toalla. Sobre la mesita de luz había olvidado el café y un cigarrillo, consumido casi hasta el final. Hizo a un lado la ropa que en un montón desordenado ocupaba el baúl que hacía las veces de asiento frente a la máquina, se sentó y prendió otro cigarrillo. Con la cabeza apoyada en una mano entrecerró los ojos para jugar, con las formas del humo y el reflejo de la luz. Era un buen juego. No le exigía más que el pequeño esfuerzo de entornar los ojos e imaginar.
    Era mejor que el juego que debía practicar en la oficina. Allí le exigían más que eso. El juego de hacer de cuenta.
    Hacer de cuenta que el informe lo había redactado Cristina cuando en realidad lo había redactado ella. Hacer de cuenta que las fotocopias esas, las que habían quedado mal, las había sacado ella en vez de Jorge. Hacer de cuenta que a ella no tenían que importarle esas cosas pues estaba sola, y casi para jubilarse. Cristina era mucho más joven, tenía hijos, necesitaba afirmarse en el puesto. Jorge tenía una familia que mantener. Ella no tenía a nadie. Bueno, casi a nadie.
    A veces se lo tomaba con calma. Después de todo, tenía su casa y, como decían sus amigas, una vida hecha. Otros días, como el de hoy, por ejemplo, debía contenerse para no gritar. Hoy era uno de esos días en que le encantaría preguntar qué mierda significaba tener una vida hecha.
    El cigarrillo casi le quema los dedos. Lo apagó descuidadamente y decidió prender la computadora.

    El cielo tenía un color desacostumbrado. Lo había visto rosado, otras veces casi llegando al violeta. Hoy era amarillo, con pinceladas en tonos anaranjados. Donde el cielo casi tocaba tierra tenía un fuerte color rojo.
    Se movió despacio. El borde del vestido al rozar con la arena ofrecía cierta resistencia, provocando un leve murmullo apenas audible. Nunca acertaba con la ropa. Era hermosa, como siempre, pero inapropiada. Se sacó los zapatos para caminar mejor y recogió el ruedo del vestido para no estropearlo. El aire era tibio y pensó que olía a jazmín. Sin embargo, no había plantas a la vista. Ni una pequeña brizna de hierba. La arena era suave, fresca. Formaba dibujos crípticos sobre el espacio que podía abarcar con la mirada. Un mandala gigante, se dijo. Avanzaba sin dirección, pues daba lo mismo. Lo que hubiera que encontrar aparecería aunque ella no se esforzara para hallarlo.
    Lo vio aparecer, de la misma forma en que se ve a lo lejos la reverberación del calor en una carretera, medio flotando, medio caminando sobre la arena. Apuró un poco el paso, más por reflejo que por la convicción de que, haciéndolo, podría alcanzarlo. Estaba segura de que era él, aunque no podía verle la cara todavía. En realidad, nunca lo había visto de cerca. Lo reconocía por su forma de aparecer de la nada, la levedad con que parecía que se le acercaba.
    El cielo fue oscureciéndose. Pasó del amarillo al marrón sin que se diera cuenta. Ninguna estrella, ninguna luna. Sólo oscuridad, silencio y a lo lejos la figura, brillante ahora, desplazándose suavemente.

    Cuando sintió el despertador se levantó rápidamente. El ruido siempre le provocaba una sensación de alarma que no desaparecía hasta un buen rato después de haber apagado la vieja radio reloj. Se prometía siempre que cambiaría ese sonido, quizá por algún programa que la despertara con música y no con ese horrible pitido insistente. Pero siempre olvidaba hacerlo. Luego de la rutina del baño se vistió y bajó a preparar café. Se había despertado en medio de un extraño sueño. Cristina y Jorge eran sus jefes y la proponían para gerente de la empresa. Estaban en un escenario al que había llegado subiendo unas tremendas escaleras, y cuando miró hacia abajo para saludar al público, se dio cuenta que no había nadie. Justo cuando le iban a dar el premio, un estruendo la despertó.
    Miró por la ventana, apenas corriendo la cortina, con la intención de hacerse una idea acerca de qué la esperaba afuera. Lo mismo de todos los días. El mismo cielo gris, el mismo frío. Las mismas caras que pasan a esa hora. La misma rutina. Así que hizo lo mismo de todos los días antes de salir: buscó un disco que le levantara el ánimo. Dejó que Glen Miller llenara la casa mientras prendía su primer cigarrillo del día y se tomaba el café.
    Hoy debiera ser un día distinto, se dijo. Los cincuenta años se le habían venido encima sin darse cuenta. Cincuenta años... Nunca se le ocurrió escribir una lista de las cosas que todavía quería hacer. Ni de las que ya había dejado atrás sin concretar. Cuando volviera haría el experimento. A modo de balance o a modo de disculpas. Todavía no lo sabía.

    Como siempre, cuando ella llegó, ellos aún estaban por aparecer. Cristina estaría saliendo recién. De Jorge podía esperarse que llegara en la tarde. Siempre tenía alguna excusa. Pero tenía también buen olfato para estar cerca de los teléfonos cuando llamaban los de arriba. Corrió todas las cortinas, vació la papelera de su escritorio y ordenó lo que había quedado pendiente del día anterior.
    Se sentó con las carpetas de Notas Entradas y Notas Salidas por delante, y en un costado de la mesa apiló el papel que debía archivar en ellas. A su izquierda, la computadora apagada era una puerta cerrada. Nunca antes había pensado en ella así. Una puerta cerrada que ella podía abrir siempre que quisiera.
    Ordenar mecánicamente las notas le permitía pensar. Le gustaba dejarse llevar sin orden ni guía por los laberintos que su mente le proponía.
    Empezar, por ejemplo, con que es temprano todavía. Llegará primero Cristina y habrá que escucharla, pobre... Luego Jorge. Con él es más difícil. Lo primero que hace es sentarse sobre el escritorio sin importar el desorden que causa con su mala costumbre. Y enseguida mirará la pantalla para ver “¿a qué estás jugando hoy?”. Si ya no había aprendido, nadie podría enseñarle jamás lo que significaba la privacidad, o el orden de los otros, o el respeto por las cosas de los demás. Eso la ponía fuera de sí, y tenía que hacer serios esfuerzos para no gritarle que era un pendejo de mierda. Se sorprendió pensando en él como “el pendejo”. Había ido, sin saber cómo, tomándose libertades con el lenguaje, como decía su madre. Pero sólo lo hacía para sí. Nunca se hubiera atrevido a decírselo en plena cara. Abrir grande los ojos y con la boca llena de bronca gritarle ¡sosunpendejo!
    La imagen de sí misma en pleno grito le produjo una carcajada que disimuló con una tos al aparecer Cristina. Primero oyó los zapatos de Cristina taconeando por el pasillo, luego olió el perfume de Cristina que la anunciaba invadiendo el aire, y después, la voz de Cristina en un tono más alto del que le hubiera gustado. Retrasó todo lo que pudo la acción de ver a Cristina, pero no levantar la cabeza por más tiempo hubiera sido descortés.

    Sonreía con esa mirada satisfecha que daban ganas de preguntar de qué, la cabeza llena de rulos, los ojos chorreando pintura, la ropa negra en varios tonos: negro ratón, negro amarronado, negro usado casi gris.
    —Hola corazón, ¿cómo estás? –y sin esperar contestación alguna –Ando con un dolor de cabeza... Ayer no me dejaron dormir los de al lado. Tenían una pelea de órdago. O hacían el amor, yo qué sé. Viven a los gritos, ¿sabés?
    A estas alturas, ella sabía que lo único que tenía que hacer era asentir cada tanto, quizá esbozar alguna sonrisa como para fingir que estaba allí, pero que podía desconectarse perfectamente. Nunca podría ocurrírsele que no estaba siendo escuchada, o que su interlocutor también tuviera algo para decir.
    Le pareció que el parloteo continuaba un poco más, pero al levantar la cabeza nuevamente, la vio sentada en su escritorio con el sobre de las pinturas abierto encima de la mesa y el espejito en la mano. Ya está, pensó. Por un rato habrá silencio.

    Cristina era una mujer joven, con un marido taxista y dos hijos chicos. Vestía de negro porque la sabiduría popular dice que “adelgaza”. Para ser feliz hay que pesar 55 kilos. No importa la edad, ni la altura, ni la complexión física. 55 kilos y ni uno más. Muchas veces se preguntó quién le habría dicho eso a Cristina. Porque en realidad, era una linda mujer que si hubiera pesado los 55 kilos que ambicionaba se hubiera parecido más a una calavera gorda que a un ser humano. Había aprendido hace tiempo a no llevarle la contraria. No podía competir con los mensajes que bombardeaban aquella cabecita enrulada. Así que vivía a dieta. Todos los días una nueva. La de la luna, la del café, la de Favaloro, todas las que llegaban en algún momento a sus manos.
    Se vio a sí misma, con 20 años menos. Trató de recordar si el famoso tema de las dietas le había ocupado tanto tiempo. No consiguió acordarse. Pero no descartó que ella también hubiera sido así. Había aprendido que a veces la memoria juega malas pasadas (o buenas, según se viera) evitando recuerdos o retocándolos.
    Las cosas que le habían importado hace años habían dejado de tener el mismo valor, y al ir perdiéndolo, fueron desapareciendo de su memoria. Sí. Bien podría haber sufrido hace 20 años como hoy sufría Cristina, mirándose en todos los lugares que reflejaban su imagen, metiendo la panza para dentro, desconforme consigo misma.
    ¿Cuándo habría dejado de preocuparse por estar delgada? ¿Cuándo había empezado a creer que lo importante era como una se sentía?
    Le vino a la memoria la imagen de una mujer que había visto quién sabe cuándo, gorda de veras, con esa amplitud en todas direcciones que tanto temía Cristina, y recordó lo hermosa que le había parecido. Llevaba un vestido suelto, floreado y con volados en el ruedo. Si lo pensaba bien, era ridículo que una mujer de aquel tamaño se hubiera puesto eso encima. Sin embargo, caminaba con el porte de una reina. Se veía convencida de su belleza. Y por eso, convencía.
    Por lo menos esa era la impresión que había dejado en su memoria y así seguía viéndola. Como una bellísima mujer.

    Los papeles habían desaparecido dentro de las carpetas, casi sin esfuerzo. Había estado tan ausente del acto de archivar que estuvo tentada a revisar todo, por si se hubiera equivocado. Descartó inmediatamente la idea. No tenía sentido ponerse a revisar algo que nadie volvería a utilizar. A punto estuvo de lamentarse por las horas perdidas en esa oficina pero frenó lo que sabía que era un espiral de proporciones gigantescas, empezar por lamentar las horas perdidas y seguir por lamentar los días desaprovechados y continuar con los meses que se iban y los años, y la vida, y...
    Encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana para abrirla un poco, antes de que Cristina rezongara. Reconocía que en eso tenía razón, nadie tenía la obligación de soportar su vicio.
    Y lo vio. La sobresaltó verlo allí. Se había acostumbrado a verlo en el barrio, en su vereda, luego al lado de su casa. Pero nunca lo había visto a esa hora y frente a la ventana de la oficina. Tenía que ser él, sin ninguna duda. El mismo manchón gris de su gabán contra la pared de enfrente. Las manos en los bolsillos, la mirada en cualquier lado, menos en la ventana desde la que ella lo miraba. Pensó que quizá debería ponerse nerviosa, hacer una denuncia por acoso o algo así.
    O por qué no, hablarle y salir de dudas. Cuando sintió que Cristina empezaba a toser apagó el cigarrillo por la mitad y volvió a sentarse.

    —Estás rara hoy, María de las Mercedes. ¿En qué andás pensando?
    Cómo odiaba que le dijeran María de las Mercedes. Era tan fácil decirle Mercedes, Merce, Merceditas, Mecha. Pero no. Cristina insistía con propinarle el nombre completo que sus padres le habían colocado como quien rotula un frasco con un medicamento peligroso. María de las Mercedes. Le había dicho que parecía nombre de teleteatro, que sonaba falso, que a ella no le gustaba que le dijeran Cristina Fernanda y nunca la molestaba diciéndoselo. Pero Cristina era así. Irracional. Irrespetuosa. Irresponsable. Irritante. Casi se ríe otra vez mientras pensaba en todas esas palabras. Casi se ve obligada a disculparse por lo que la otra podía haber tomado como burla. Y sin querer, se dio cuenta que Cristina tenía razón. Estaba rara.
    Ayer, o anteayer, o el mes pasado se hubiera tomado el trabajo de explicarle que no le pasaba nada, que simplemente cumplía años y que no sabía aún si sería conveniente festejarlo. O que estaba viendo más seguido al desconocido de la puerta.
    Pero hoy no estaba dispuesta a explicar nada. Que pensara lo que quisiera. Además, Cristina no estaba esperando una respuesta. Ya había cambiado a otro tema. Los problemas con Eduardo consumían buena parte de su tiempo y del que se dispusiera a escucharla.
    Mercedes la entendía, pues había pasado por lo mismo. Lo que pasa es que no tenía sentido prestarle mucha atención, porque de hacerlo, se sentía obligada a opinar, y Cristina no comentaba sus cosas buscando consejos sino desahogarse, simplemente. Para ella la vida estaba bien así. No podía ser de otra manera. Las mujeres sufren por sus maridos cuando los tienen, y si no tienen, sufren por encontrarlos. Y con los hijos es igual. ¿Para qué está la mujer sobre la tierra si no es para parir? Y cuando tiene hijos, ¿no ha de sufrir por ellos? ¡Claro que sí!
    Había aprendido la lección con cierto dolor. Un día mientras Cristina lloraba porque Eduardo le había “puesto la mano encima”, le había dicho que lo dejara inmediatamente, que ya se arreglaría ella sola para salir adelante con los chicos y que cualquier cosa sería mejor que ese espectáculo para ellos, su padre maltratando a su madre. No podía permitir que volviera a suceder. En esa oportunidad, Cristina la había mirado con los ojos redondos y, detenidas las lágrimas y el último puchero luego de superar el momento de asombro le dijo: “¿Estás loca, María de las Mercedes? Yo lo quiero a Eduardo, y él me quiere. Son cosas del momento, nada más”. Se mordió la lengua y prometió en silencio nunca más opinar. Y había cumplido a rajatabla. No habían vuelto a discutir el tema, y había sido lo mejor para las dos.
    A veces Mercedes recordaba su propia vida con el padre de sus hijos y todavía dolía. Así que, cuando Cristina agregaba el Fernanda a su nombre por la vía de relatar su propia vida en capítulos “teleteatrales”, Mercedes bajaba la cortina del pensamiento y dejaba su cara allí, con una expresión de atención más o menos convincente mientras su imaginación viajaba lejos de la oficina.
    Puso agua en la cafetera y enjuagó el filtro volviéndolo a llenar. Estaban ya a media mañana y si no tomaba otro café le resultaría difícil mantenerse despierta, esperando a que Cristina terminara con el capítulo de hoy y empezara a poner en orden su trabajo para poder revisarlo. Prendió otro cigarrillo y cuando Mis Lágrima Oriental puso cara de ahogo aprovechó para salir al pasillo, con la excusa de no molestarla con el humo. Desde la puerta de la oficina se veía la calle. A diez metros quedaba la puerta de entrada y por el rectángulo iluminado pasaba la gente apurada. Creyó verlo otra vez, pero no podía ser. Para verlo debía haber tenido los lentes puestos, pues sin ellos lo único que veía era figuras difusas, y no los llevaba con ella. Fue como un chispazo alimentado por la imaginación y el aburrimiento. Sintió la voz de Cristina avisándole que el café ya estaba pronto, y entró.
    Sirvió dos tazas y le pasó una a Cristina, “sin azúcar, María de las Mercedes, porque engorda”. Y mientras lo decía, desplegaba sobre el escritorio donde antes había estado el repertorio de cosméticos, un lindo mantelito individual donde acomodó dos sandwiches de pan negro, una manzana y un caramelo ácido, tal como mandaba la dieta de turno.
    Se llevó el suyo, con bastante azúcar, y se enfrentó a la pantalla vacía. Debía consultar cotizaciones, convenios laborales, montañas de información a deglutir, para regurgitarle a Jorge cuando llegara.
    Prendió la máquina y esperó, pacientemente, a que la vieja lata se pusiera en marcha.

    Las hojas volaban en suaves remolinos dispersándose, multicolores como pájaros exóticos, y caían sin ruido sobre la hierba. Rojas, amarillas, azules veteadas de tonos turquesas, negras con nervaduras lilas. Levantó los ojos para ver los árboles y se sorprendió al no hallarlos. Las hojas parecían caer del cielo sin haber brotado de ninguna rama. La luz dorada que iluminaba el espacio abierto tampoco tenía una fuente visible en el cielo. Simplemente estaba allí. Hacia su izquierda en el pasto había una mesa baja, y sobre ella copas, una botella, un libro de tapas verdes y un reloj. Alrededor de la mesa había almohadones distribuidos descuidadamente. Cuando dio el primer paso en dirección a la mesa notó la frescura levemente áspera de la hierba. Se miró los pies; estaba descalza. Desnuda, sería más correcto decir. No tenía nada cubriéndola. Sin embargo, no sentía vergüenza. Estaba absolutamente cómoda. Libre.

    —¿Viste? Ya le pregunté y no se molestó en contestar.
    Mercedes alzó la cabeza sobresaltada por la voz de Cristina. Jorge la miraba, entre risueño y asombrado.
    —¿Volviste? Casi tuve que sacudirte para que me saludaras. ¿Llamó alguien mientras yo no estaba?
    Los ojos de Jorge no se apartaban de Mercedes. Preguntaba por el teléfono, pero sus ojos preguntaban más.
    —Es mi cumpleaños y ando medio ida. No hay de qué preocuparse.
    Cristina se levantó rápidamente, la abrazó fuerte, casi con bronca, le pegoteó un poco de labial en la mejilla, y gritó: “María de las Mercedes, no te da vergüenza cumplir años” y luego de una pausa imperceptible agregó “¿sin decirnos nada?”
    Siempre le había resultado difícil a Cristina no estar en el centro de la atención de los presentes. Mercedes se lo pensó muy bien, y con un esfuerzo extraordinario dejó pasar sin contestarle como hubiera tenido ganas.
    Se movió un poco a la derecha, como para indicarle a Jorge que se parara, pues como de costumbre, se había sentado encima de su escritorio, las piernas estiradas, encerrándola entre la computadora y la pared.
    —Nadie ha llamado todavía. Seguro que están esperando tu llegada –se sonrió.
    —Bueno, a ver, cómo es eso de tu cumple. ¿Festejaremos cuántos años, si se puede saber?
    —Cincuenta y contando. En cuanto al festejo... Ya tengo planes, y no tienen que ver con la oficina precisamente –mintió.
    La actitud de Jorge siempre le había molestado. Usaba ese tonito que pretende ser seductor con cada mujer que se le ponía adelante. Lo hacía sin intención, y Mercedes lo tenía claro. Era parte de la personalidad “ganadora” que se había creado. Lástima que quizá fuera tarde para encontrarlo debajo de toda esa impostura. El macho de la oficina cargaba treinta y siete inmaduros años.
    De alguna manera, Cristina y Jorge se parecían. Ambos vivían pendientes de su figura, corriendo detrás de un concepto de éxito absolutamente superfluo, despreciando las cosas importantes. Mercedes estaba segura de que ellos creían que la merecedora de lástima era ella, y algunas noches en casa, repasando alguna jornada especialmente molesta, esa certeza le había parecido una guiñada que la vida le hacía para que se riera.
    Cristina presenciaba el diálogo de Mercedes y Jorge con cierto aburrimiento. Estaba segura de que María de las Mercedes no tenía ningún plan. Cuando se llega a esa edad, poco queda para hacer. Además, con quién podría tener pensado pasar el cumpleaños, si nunca había comentado nada. Ojalá nunca llegara a los cincuenta. O por lo menos, llegar así como había llegado la vieja. Sola, los hijos lejos, ningún hombre con el que compartir la cama...
    Lo cierto es que a María de las Mercedes no parecía importarle demasiado. Eso era difícil de creer, pero así era. Muchas veces se había preguntado si ella podría vivir sin Eduardo. Era difícil, claro, soportar su malhumor, pero preferible sin dudas a despertarse sola en las mañanas. Además, cuando se peleaban, si la discusión había sido dura, la reconciliación era siempre de película. En los cinco años que estaban juntos nunca se había sentido tan deseada como cuando él la abrazaba después de una pelea fuerte. A veces, cuando pasaban muchos días sin tener relaciones, hasta ganas le venían de pelear nada más que para sentir la desesperación de Eduardo por arreglar las cosas en el único lugar que sabía hacerlo, en la cama. No lo hacía, claro. Sabía que, en esos momentos y frente a la locura desatada de Eduardo, la pregunta que siempre surgía era la misma: ¿Por qué me pasa esto a mí? Y no tenía respuesta. Era una sensación bastante rara, pero así eran las cosas.
    Cuando sus padres se peleaban, ella y su hermana se apretaban juntas en el cuarto de al lado, como protegiéndose. Papá nunca le pegó a mamá, pero qué miedo nos daban sus gritos. Estábamos como pendientes de los ruidos, hasta que sólo se oían murmullos y el ruido de la cama. Era el momento para volver cada una a su lugar, tranquilas de que la tormenta hubiera pasado. Esos episodios habían quedado ocultos bajo un montón de recuerdos pero a veces salían a la luz. Como ahora, que pensaba en la cama vacía de María de las Mercedes.

    —De ninguna manera te vas sin que festejemos –decía Eduardo—Ahora mismo pido algo por teléfono y, por lo menos, hacemos una “merienda compartida”, como en el jardín. Porque estás llegando a la segunda infancia, ¿verdad?
    Mercedes lo miró pensando una contestación apropiada, pero Cristina le ahorró el esfuerzo. “Bueno, algunos no han pasado de la primera pese a la edad biológica” y, sin dar lugar a nada más, se sentó frente a su mesa.
    Jorge ni se molestó en retrucar, para él era todo juego. Fue hasta su escritorio y empezó a mover papeles, buscando los datos que Mercedes debía haberle conseguido.
    —Si estás buscando los informes, aún no los tengo prontos. Dame un poco de tiempo, ya sabes, las señoras en edad senil a veces estamos en la luna.
    Él levantó la cabeza y la miró. Hace tiempo que estás senil, pensó. Sonrió como si no supiera de qué le hablaba Mercedes y le contestó: “Tomate tu tiempo, hoy estás de festejo”.


Contra Natura

En estos días tengo la sensación de que algo no funciona bien conmigo. Este lugar tiene una vista que impresiona, quizá sea eso.
Se ven tantas cosas que pueden llegar a marear. Eso sin tomar en consideración lo que se oye cuando ascienden los gritos de júbilo o de dolor; conversaciones donde se traman males futuros o se discuten remedios posibles. A veces es un murmullo salpicado de risas o lamentos. Eso sucede, casi siempre, cuando a los de allá abajo les llega la noche.

....... Los que pasan a mi lado miran distraídos el panorama y siguen su camino, parece que no se dan cuenta. Cuando alguno se detiene, nada indica que la vista lo inquiete como a mí. Lo hace el tiempo suficiente como para distinguir a alguien especial entre la multitud, y enseguida sigue su camino. He pensado que quizá es por eso; es poco el tiempo que se toman para ver y oír; para conocer en su misterio el carácter perecedero del tiempo que aquellos otros tienen.
....... Yo sí me conmuevo.
....... A veces trato de no mirar con detenimiento las figuritas que se mueven allá abajo. Pero las veo aunque no me lo proponga, cumpliendo sus breves rituales para soportar mejor sus pérdidas. Veo sus festejos, a veces inexplicables para mí. Por más que los observo sigo sin comprender del todo qué motivo tienen para festejar el inicio de una vida. Eternamente asombrado de ver cómo se duelen ante la muerte.
....... Hace tanto que miro desde aquí que adivino sus conflictos. Me los sé de memoria. Tres cosas -creo que no hay más- provocan en ellos miles de alegrías y amarguras: el Poder, el Amor, y la muerte.
....... Lo he conversado con los más cercanos a mí. Pero he desistido ya, aburrido frente a la misma actitud. Ésa que tienen cuando trato de exponer mis dudas, mis inquietudes; cuando arriesgo alguna opinión. Me miran serios, silenciosos. Sé que detrás del silencio y de sus rostros imperturbables lo que hay es, en el mejor de los casos, desconcierto.
....... A veces he visto asomar el horror a sus ojos. Están convencidos de que nuestra existencia es envidiable y les cuesta aceptar otra visión.
....... Nunca han sentido algo así, supongo, y no saben cómo ayudarme.
....... Hay quienes se han atrevido a ofrecerme una alternativa, algo en qué ocuparme, una terapia, como dirían los de abajo. Pero al notar mi rechazo han renunciado. El cuidar de un desvalido no es solución para mí. Por más que miro, no encuentro a nadie que se ajuste a esa categoría y eso es algo que también pesa en mi contra. Me dicen que todos los que están allí abajo son desvalidos.
....... Mi ceguera –según los proponentes, claro– no me permite identificarlos. No se dan cuenta que sólo yo cumplo con los requisitos para estar en esa categoría. No entienden que yo soy el desvalido. El desconsolado. Por el contrario, los minúsculos seres que veo, son privilegiados para mí. Todos ellos, sin excepción.
....... Después de tanto tiempo de observarlos estoy a la espera –sin aburrirme, más bien con un interés enfermizo– de que nazca alguno que pueda contar dentro de esta categoría en la que creo ser el único. Pero sé que es una espera estéril. Por su propia esencia ninguno habrá que se sienta como yo. Ninguno con este oscuro anhelo.
....... En estos días en que la sensación de no encajar en el esquema universalmente aceptado me corroe, repaso mis argumentos. Probablemente, insistir en ello me hace más difícil entender los de los otros y, como siempre, termino dándome la razón.
....... Me dicen los que se han dignado a responder: “Mira cómo sufren, cómo corren detrás de ilusiones perdiendo los mejores años de su vida. Mira cómo buscan destacar, dominar, prevalecer. ¿No ves que deben correr, cada día, detrás del sustento diario? ¿Te olvidas de cómo paren con dolor, cómo se agostan a la espera de la felicidad que no hallan? Mira cómo lloran por amores que nunca tuvieron oportunidad de ser. Cómo mueren”.
....... Los ojos de los más circunspectos entre mis iguales se congelan cuando me oyen decir que vale la pena sufrir si hay esperanza de gozo. Que las lágrimas que derraman los de allá abajo son, precisamente, un instrumento necesario para disfrutar del valor la sonrisa. Que cada día de fatiga los acerca a su destino.
....... Pues sólo es deseable vivir en la certeza de la muerte que a nosotros, sin piedad, nos ha sido negada.


Amelia

El monasterio tiene tres o cuatro siglos de existencia. Las dos galerías manchadas de humedad hacia donde dan todas las celdas exhalan un aroma que el azahar de los limoneros del centro del patio no ahogan. Los otros dos lados del rectángulo que forman las paredes del edificio albergan la capilla ­­–un salón desnudo con un ventanal de vidrios rotos detrás de la gran cruz de madera basta– y, enfrente, el refectorio con sus largas mesas y bancos, y la cocina austera y sola.

....... El campanario, mudo desde hace tiempo, se convirtió en nido para incontables palomas que matan el silencio en la tarde, mientras las sombras se alargan con el último sol.
....... Los tres niños llegan a esa hora, y se marchan cuando ya no queda más que un resplandor rojizo festoneando el horizonte. Hace una semana que se empeñan en averiguar si es cierto lo que les dijo aquel viejo borrachín, ese que pide dinero sentado en el suelo de la plaza.
....... Llegan cuchicheando, como si temieran espantar las palomas, y se sientan en el murito de ladrillos que bordea los limoneros. Desde allí, miran en todas direcciones, pero sobre todo, hacia las dos galerías enfrentadas. Y temen ver lo que vinieron a ver, lo que desean ver desde que el viejo les contó la historia. Lejos de aburrirse, cada día que pasa sin novedades los alienta a volver.
....... Cada uno va por distinta razón. Amelia va, porque la niña de la historia se llamaba como ella. Rafael, porque quiere demostrar que no es cierto lo que dijo el viejo. Y Luis, porque sus amigos quieren ir. Los tres están decididos a volver cuantas veces sea necesario.
....... Hoy es el cumpleaños de Luis, así que han de volver a la casa más pronto que de costumbre. Después de discutir un buen rato, Amelia y Rafael aceptaron que el niño más chico llevara el cachorro que le han regalado. Temían que los retozos del perrito les impidieran observar con atención. ....... Un rato antes de la hora acostumbrada se levantaron del improvisado asiento, y cabeceando decepcionados iniciaron el regreso.
....... Cuando llevaban ya medio camino recorrido, con los muros del monasterio casi desvaídos por la penumbra, el cachorro se soltó de las manos de Luis y salió disparado hacia el oscuro contorno del edificio. Corriendo atrás del perro salieron medio a ciegas, tratando de orientarse con los ladridos agudos.
....... Cuando se asomaron por segunda vez ese día al patio desierto, dudaron. Estaba oscuro, y el perrito había callado. Apenas segundos duró la vacilación, interrumpida por el aullido lastimero del animal que, así como había silenciado en forma abrupta sus ladridos, inició aquella desgarrada letanía.
....... Y mientras estaban los tres, paralizados por el sonido triste que salía de la garganta del perrito, vieron ­–o creyeron ver– a Amelia la huérfana, la mirada perdida en la cara triste. Aún, después de tanto tiempo de muerta, deambulaba su vestido azul entre los hábitos negros.


Reconstrucción en proceso

Estaba sola en la casa. La última vez que había mirado el reloj eran las 2 de la mañana. El frío le incomodaba a esas horas, así que se preparó un café.
Se sentó en la cocina, con el sonido de la radio apenas audible, sólo para apagar el silencio. El gato saltó a sus piernas, aprovechándose.
....... La taza le entibia las manos mientras sus pensamientos van y vienen de lo cotidiano a los sueños. El plazo para el pago de la luz vence mañana, tengo que plantar los almácigos si quiero ver las flores este año; la primavera se está haciendo desear.
....... La soledad era una vieja compañera que no la incomodaba. Se hallaba a sus anchas con ella. Tantos años obligada a compartir con otras mujeres un breve espacio donde se amontonaban penas, culpas, fortalezas y esperanzas le habían enseñado a disfrutar del silencio y de la propia compañía. No podía decirse, sin embargo, que rechazara todo vínculo con los que la rodeaban. Simplemente su relación con el mundo había adquirido un valor distinto y no se sentía cómoda con la imposición del bullicio ajeno.
....... En diez años la vida había seguido su curso. Cuando fue devuelta a la vorágine cotidiana prefirió tomárselo con calma, empezar por reconstruirse y luego, si hubiera tiempo, buscar reencontrarse con los otros.
....... Había dado, hacía tiempo, un primer paso. El desgaste del cuerpo no había oscurecido su pensamiento. Su visión del mundo permanecía intacta, y tan pronto como se sintió con ánimos para aceptar que el país era otro distinto al que la había visto caer, se armó, esta vez de paciencia, para contribuir a conquistar aquella esperanza compartida.
Sin embargo, no había sido suficiente recuperar esa parte de su vida para brindarle paz, o por lo menos, la sensación de continuidad entre la que había sido y la que era hoy.
....... Aquella madrugada pensaba en eso, precisamente. Necesitaba saldar aquella cuenta consigo misma. El tajo de esos diez años en su vida precisaba un remiendo.
....... Nunca había sido una mujer propensa a engañarse, así que sus pensamientos la colocaron otra vez en aquella tarde en que la historia la empujó a un lado.
....... Apareció sin esfuerzo el rostro amado, en medio del caos en que se había convertido la casa que servía de refugio. La boca gesticulando un adiós que la memoria no le dejaba escuchar, mientras la jauría irrumpía desbaratándolo todo. Casi podía oler la prepotencia y el miedo en la cocina, igual que aquella tarde.
....... Eduardo ya era su hombre cuando resolvieron lanzarse sin reparos a perseguir el sueño que parecía estar tan cerca en aquella época. Ninguno de los dos supuso que algún día habría que elegir cuál sobreviviría.
....... Y ella fue más rápida. Eligió morir para que él y los otros vivieran.
....... A la luz de lo sucedido podría decirse que la elección había sido entre la libertad y la cárcel. Pero en el instante en que decidió, la certeza era la de la muerte.
....... Para ella había sido fácil, casi obvio. Era él quien tenía los documentos. Era ella la que estaba cuidando de la casa. Era él quién tenía más posibilidades de salvar los obstáculos en aquella carrera contra el tiempo. Ella era, sobre todo, la que ignoraba nombres, lugares, fechas y horarios.
En su cálculo no contaron otras cosas.
....... Por el camino habían quedado el amor y los hijos que no llegó a concebir. Su madre, única familia, había muerto hacía un año en sus brazos, después de recorrer juntas todas las oportunidades de reconciliación con la vida que cada una eligiera para sí, ambas en paz.
....... Con el tiempo supo que Eduardo había podido irse. De alguna manera, ese conocimiento, aunque tardío, le permitió sobrellevar momentos oscuros en los que las pérdidas personales ponían en duda todas sus decisiones.
....... Recién ahora después de tantos años, se le hacía imperiosa la necesidad de mirarlo otra vez a los ojos. No sabía bien qué esperaba ver en ellos. La duda podía quitarle el sueño. No en vano estaba sentada allí, acunada por el ronroneo del gato al ritmo de su mano distraída.

....... El ómnibus que lo trajo desde el aeropuerto lo había dejado en la Terminal hacía ya una hora. En quince años había soñado tantas veces con volver que casi no había emoción alguna en el hecho de encontrarse, al fin, frente a la segunda grapa con limón en un bolichito de barrio todavía abierto.
....... Decidió volver ahora, cuando parecía que las cosas en el país tenían posibilidades reales de cambiar.
....... O en realidad, cuando empezó a hacerse insoportable la ausencia.
....... Hizo las valijas obviando todo lo acumulado en esos años de exilio. Cargó apenas un par de libros, viejas cartas de compañeros, alguna ropa y poco más. Un recorte de diario con las fotos: ella y él jóvenes, con los ojos llenos de futuro, la certeza de la victoria iluminando sus caras pese al lúgubre encabezado requiriéndolos. Y la última dirección de la madre de Carmen –por las dudas, pensó–.
....... Y ahora, sentado a la mesa del bar esas mismas dudas le mordían el espíritu. Nunca había preguntado por ella temiendo la noticia de su muerte. Muchos años después, se enteró de que estaba viva, pero no intentó comunicarse.
....... Se acostó y despertó cada uno de los días que había pasado en el exilio pensando en ella y en el destino desigual que les había tocado. A veces, se reprochaba no haber asumido la responsabilidad de quedarse. Otras, los resultados del sacrificio de Carmen lo inclinaban a pensar que había sido lo mejor.
....... Quién sabe qué pensará cuando me recuerda, se había dicho en aquel momento, y todavía se lo preguntaba, allí sentado, a pocos metros de la última dirección conocida de la mamá de Carmen.

....... Cuando las luces del día empezaron a iluminar la cocina se levantó para iniciar la rutina diaria y con paso lento se dirigió a su cuarto. El espejo la reflejaba de cuerpo entero.
....... Se acercó a mirar, sabiendo de antemano que la cara que vería tendría el cansancio de otra noche en vela. Al verse los ojos reconoció lo que andaba buscando. Lo que quería ver en los ojos de Eduardo.
....... Necesitaba ver, devolviéndole su pasado, esa mirada inocente, propia de los que se han olvidado de sí mismos para hacer lo debido.

....... La última imagen que tenía de ella se había ido haciendo más nítida con el tiempo. Su memoria había reconstruido minuciosamente cada movimiento de Carmen. Primero el terror, luego aquel reflejo sereno en sus ojos. Su cuerpo encogido detrás de la mesa volcada, la cara vuelta hacia él, el grito:”Andate, que yo aguanto”.
....... La decisión de Carmen había hecho posible que muchos compañeros sobrevivieran.
....... Pero él ¿se había salvado? Era ella quien tenía la respuesta que le hacía falta. Sólo Carmen en este mundo tenía el poder de contestar.
....... Y aquí estaba para hacerse cargo.




Dormir...

Dormir... Propuesta de muslos congelando un vientre, brazos en apretado cerco, espalda y pecho confortándose en la noche helada.
Clavé las uñas en la carne del verbo para no resbalarme, y casi conquisto el equilibrio, roto en el instante en que desnudaste el eufemismo.
Se abrió la tierra bajo mis pies. Era tan fácil cerrar los ojos, dejarse caer sobre el viejo campo de batalla y cabalgar juntos en un abrazo partido hacia el placer… tan fácil dejarse ir.
Pero el amor –si fue amor– no pasa en vano. Marca para siempre. No permite aceptar el simulacro.
Por eso estoy despierta.
Sin ti.


....... 26 de julio de 2005





Señales

Anoche -cuando vi a mi vecina- decidí poner por escrito mis conclusiones. Ahora que me resuelvo a escribir, oigo en los pasillos rumores extraños y pienso que fue un error no haber empezado ayer mismo, cuando entendí que los signos en las paredes eran más que una expresión artística de algún grafitero.
....... No quedan leyendas o grafitis con cierto grado de coherencia en las paredes. No quedan ya consignas políticas o satíricas. Sólo los signos. Al principio, me preocupó desconocer qué significaban. Parecían tener una cierta estética, cierta particular elegancia en el trazo. Los veía desde los ómnibus que tomo todos los días. Hasta que, mirando la crónica policial, vi las fotos.
....... Muertos en las calles sin señales de violencia, aparentes accidentes, o asesinatos inexplicados. En las fotos se ven las paredes, gris telón de fondo, y sobre ellas los signos. Siguiendo una corazonada encontré en diarios viejos cientos de fotos que me develaron una relación clara.
Debí darme cuenta entonces de que la desaparición de los mensajes tradicionales auguraba un misterio de consecuencias horribles. Pero recién anoche comprendí que, sin saberlo, presenciaba el paulatino pasaje a la locura de la conciencia colectiva de mi ciudad. Esa abstracción que utiliza como propias las manos de anónimos escritores callejeros para expresarse. Recuerdo haber leído por ahí que el todo es más que la suma de las partes. La conciencia –¿el alma?– de una ciudad es mucho más que la suma de las conciencias de sus habitantes.
....... Anoche los vi desde mi ventana. Los instrumentos enajenados de esa conciencia colectiva pintaban la pared de enfrente, silenciosos, inexpresivos, sonámbulos. El cuerpo de mi vecina aún se estremecía tirado sobre la calle como un juguete roto. El descontrolado temblor de su pie derecho todavía me espanta. A esta hora, la más fría de la madrugada, mientras escribo oigo pasos en la escalera, acercándose. No puedo olvidar el sonido del tacón de mi vecina en la vereda. Y recuerdo que tras el último trazo elegante de su mano sobre la pared uno de ellos se dio vuelta, alzó los ojos vacíos y me vio.

En el principio era el Verbo...

xxxxxxxxxxxxx (Juan, cap. 1 vers. 1)
Las malditas hojas en blanco me vuelven loco, decía el flaco y miraba el techo. Su siquiatra, laborioso y tenaz, intentaba en cada sesión escarbarle la conciencia. Hay que decir que no avanzaba mucho. Pese a los intentos del loquero –amables pero firmes–, el flaco sólo hablaba de la única necesidad que tenía. Nada más. No había forma de sacar a luz algo de su vida, de su niñez, de sus dificultades para relacionarse. Para él todo se reducía a una sola cosa: escribir. En su boca, la palabra sonaba en mayúsculas y negrita.

xxxxx Tenía casi tres años de terapia, pero a los saltos; sólo aparecía por el consultorio si estaba en crisis. Cuando el siquiatra lo recibió por primera vez, el flaco estaba en plena depresión. Llevaba casi un año sin poder escribir. La familia insistió tanto con que así no podía seguir, que les dio el gusto para que dejaran de molestarlo y aceptó consultar. ¿Con la intención de resolver la necesidad compulsiva que le impedía vivir como cualquiera? No. Eso ni se le pasó por la cabeza. Simplemente quería un poco de paz para pensar en lo suyo.
xxxxx –Una sola idea. Una sola preciso para comenzar a escribir. Las demás siempre aparecen detrás. Llegan enganchadas haciendo equilibrio en el renglón, o atropellándose por ser escritas. Y cuando tengo suerte, doctor, parecen perlas hilvanadas, prolijitas. Pero sin la primera puta idea, que se me niega desde hace meses, es imposible.
xxxxx Con más o menos variaciones, esa era la cantilena de siempre. Pasaron varias semanas sin notar avances; un día apareció, ojeroso como siempre, pero feliz.
xxxxx –¿Sabe cuántas noches hace que no dormía, doctor? Perdí la cuenta. Pero llegó anoche, viejo. En medio de la noche, el chispazo. Me senté en la cama, prendí la luz y llené seis hojas de un tirón, viejo. ¡Seis! Ya sé, no es mucho… pero puedo otra vez. Por fin puedo.
xxxxx Dejó de verlo por tres meses y reapareció, espantado. No había manera de convencerlo de que su vacío –como él lo llamaba– desaparecería más tarde o más temprano. Nunca aceptó que era cuestión de esperar. El loquero le recetó píldorasparaladepresión, y más píldoras para la angustia. El flaco se aburrió de repetir que no tomaría ninguna.
xxxxx –Tengo que estar lúcido para poder escribir –decía desesperado.
xxxxx El ciclo se repitió durante aquellos tres años. El último período de consultas había finalizado de la misma manera que los anteriores. Una tarde el flaco se presentó sonriente, y mientras palmeaba una carpeta que llevaba bajo el brazo, sin sentarse siquiera, apurado por no perder la inspiración, le dijo:
xxxxx –¿Ve? Volví a escribir. Y esta vez no vuelvo. Esta vez la termino. Me faltan dos capítulos nada más.
xxxxx Seis meses después, el loquero se lo encontró por casualidad. El perfil ganchudo del flaco destacaba en la ventana del café, sentado solo, cerca de la puerta. Entró para saludarlo y se preocupó cuando vio la expresión de sus ojos, fijos sobre la maldita hoja en blanco, la mano izquierda apretando el lápiz como un pescador de caña a la espera del pique. El flaco apenas hizo un gesto de reconocimiento. El loquero insistió hasta que le arrancó la promesa de que volvería a la consulta, y el flaco cumplió.
xxxxx Fueron particularmente sombrías esas sesiones. Llegaba, y sin preámbulo alguno se lanzaba a describir el dolor del vacío absoluto.
xxxxx –En el principio era el verbo –citaba como un autómata–. En el principio era el verbo y yo no puedo escribir. Se me niega el verbo. Y el sujeto y el predicado. No me queda siquiera el rastro de la idea que provocó el sueño que te despierta en mitad de la noche. Yo ya no sueño porque no duermo.
xxxxx –Pero ¿no tenías una novela entre manos vos?
xxxxx –Tengo. O tenía. Treinta y ocho capítulos, la puta madre –casi lloraba el flaco–. Pero me quedé sin asunto, ¿sabés, viejo? ¡Sin asunto! Desapareció de mi cabeza como si nunca hubiera existido. En estos meses me he dedicado a releer lo escrito, podando por aquí, abonando por allá, pero no florece, viejo. Tengo que terminarla o empezar otra hasta que pueda retomarla. Pero tengo que escribir, viejo. Tengo que escribir.
xxxxx En ese estado el flaco atravesaba la vida, y se presentaba puntual a una sesión tras otra cargando con su libretita y el lápiz a todos lados, porque uno nunca sabe.
xxxxx En las últimas sesiones, el flaco dijo que había llegado al límite y que no sabía cuánto iba a aguantar; habló de quitarse la vida. Pero a la vez, el flaco le decía al loquero que no había de qué asustarse. Que nunca se animaría porque –y ese era su pánico más íntimo– le horrorizaba la idea de que, al filo de la muerte, las venas derramándose o en el umbral del estupor provocado por una sobredosis, la puta idea surgiera y él no pudiera parirla por estar casi muerto.
xxxxx –Fijáte si justo cuando estoy por pelarme la veo clara, viejo –decía removiéndose en el sillón, temblando como de frío.
xxxxx La última vez que se vieron, el flaco, que siempre había sido un tipo bonachón, se puso violento.
xxxxx –Yo me pregunto, viejo. Todos los días que te vengo a ver, cuando salgo de acá te juro que me lo pregunto: para qué carajos vengo ¿eh? Si vos sos incapaz de ayudarme. Vos querés que yo viva feliz y resignado a no escribir. Querés que acepte que se puede vivir en el vacío del verbo ausente. Estará bien para vos, que lo único que escribís son apuntes de lo que yo digo. Pero no es vida para mí. –A estas alturas, parado ya y a los gritos–: ¿A qué no sos capaz de darme una idea para escribir? ¿A qué no me das una sola putísima idea que me sostenga vivo y planeando sobre este vacío de mierda?
xxxxxEl loquero, sorprendido ante la reacción se quedó mirando por un segundo aquel ceño fruncido, bajó la vista hacia los apuntes de ese día y se rascó la calva mientras pensaba a toda velocidad qué decir para desinflar ese globo de ira que estaba a punto de reventar.
xxxxx Entonces, pese al temor de estar fomentando el delirio me dijo:
xxxxx –¿Por qué no escribís una historia con esto que te pasa, digo yo?


Anotación del día

Texto referido a La Tardecita de Juan José Saer

Cenamos hace un rato, la luz del patio ya no se ve por debajo de la puerta del cuarto y el Horacio duerme. Recién ahora, en el silencio de la noche, puedo sentarme a pensar en lo sucedido y escribir un poco.
xxxxxxx Ayer no escribí nada, y tenía tantas cosas que hacer que preferí dejar para hoy un resumen de las dos jornadas, la de ayer y la de hoy. Y mientras estoy en eso pienso que esto de llevar un diario no es para mí.
xxxxxxx Resolví hacerlo hace un par de semanas, y ahora que lo leo me doy cuenta que no hay nada interesante que decir en la vida de un loco como yo. O no es esto lo que debería hacer. No tengo ganas de llevar día a día un recuento de los hechos que me ocurren. Resulta muy aburrido. De lo que sí tengo ganas es de anotar cosas extrañas como la de hoy, que pasan como pasó la de hoy, cuando veníamos por el camino.
xxxxxxx Mientras caminábamos por el barrial me di cuenta de que al Horacio algo le estaba pasando. Es un loco muy conversador, vive comentando todo lo que ve y lo que se imagina. A veces es muy divertido pero cuando uno va con la cabeza llena de sus cosas, puede llegar a molestar, y mucho. Caminábamos medio deslumbrados por el solazo que se hundía enfrente de nosotros, y entonces empecé a notar que la cháchara del Horacio había ido frenándose despacito, tan despacito que a esas alturas el loco no hablaba y yo no me había dado cuenta de cuándo fue que había parado con la charla que traía. Lo miré de reojo, para ver si iba de cara enojada por mi falta de interés, o si se sentía mal, o alguna cosa que pudiera adivinar por mirarlo solamente. Y vi que estaba asustado.
xxxxxxx Entonces empecé a prestar atención a lo que nos rodeaba, mirando lo que teníamos a los costados; también me di vuelta, por las dudas, para ver si había algo atrás que pudiera haberlo hecho callar. No quise preguntarle. Sabía que no me hubiera dicho nada, porque siempre me río cuando tiene miedo. Pero hoy era distinto. Estaba como ahogado, como si fuera a llorar en cualquier momento pero sin tener las lágrimas ahí.
xxxxxxx Oía su respiración entrecortada por el paso desparejo esquivando los charcos, medio como buscando qué hacer con los ojos, para dónde mirar. Justo llegábamos al cementerio y pensé que podía ser eso. Eso y la noche viniéndose encima de nosotros.
xxxxxxx Pienso que era miedo, qué otra cosa podía ser. Pero de qué, me pregunto, si por ahí hemos pasado mil veces. Quizás vio algo que yo no vi o descubrió quién sabe qué, y no se animó a contármelo.
xxxxxxx Cuando me decidí a pedirle que me lo dijera oí la bocina de la liebre. Por suerte, porque ya estaba espeso el ambiente, así que simplemente le di un manotón en la mollera, para que no sospechara que, por su culpa, me estaba asustando yo también. Lo que quiero anotar acá es, justamente, esa cosa rara que me pasó a mí, que me asustó el Horacio con su miedo, y el misterio de lo que le pasó al Horacio, que se consiguió un miedo para él solo y lo compartió, sin saberlo, conmigo.
 
Plantilla modificada por mí basada en la minima de blogger. La foto del header también es mía.